Imilla

Por Vania T. Curtidor


Resaltar para leer las advertencias de contenido:

Discusión sobre muerte, Racismo

Con los ojos anegados, distingue el rótulo “Terminal de buses La Paz” al lado de la bandera boliviana. Aunque el interior del autobús está a oscuras, hace más de una hora que no despega los ojos de la ventana; no quiere que nadie la vea llorar. Sin embargo, en cuanto entran a la terminal aparta la mirada del vidrio, molesta por la luz de los fluorescentes que la recibe con alegría artificial. El señor en el asiento de al lado está durmiendo con la boca abierta y la señora que viaja en el pasillo con un bulto amarrado a la espalda solo mira hacia adelante. Secando sus lágrimas de vez en cuando, espera hasta ser la última persona en bajar. Al final, ninguno de los pasajeros ha reparado en su estado.


Mientras espera a que el ayudante del chofer saque su maletín de la bodega, se arregla el cabello y se estira un poco la ropa. Solo hace cuatro días desde que partió desde la misma terminal a la que acaba de volver, aunque por el cansancio, el picor de ojos y la sensación de irrealidad que la envuelve, siente que podrían haber pasado cuatro meses. O cuatro años.


Al salir de la terminal de autobuses, se dirige a tomar el minibús que la lleva a casa del señor Miguel. A poco más de una hora para que acabe, no puede evitar pensar que aquel domingo no tiene nada que ver con el resto de sus días libres. Ni siquiera con aquellos primeros, en los que había pasado muchas horas caminando para matar las horas y la soledad.


Ya en el minibús, intenta aliviar sus mejillas castigadas por las lágrimas saladas y el aire frío. Cuando el ayudante del chofer le pide que pague su pasaje, saca las monedas del bolsillo de su pantalón y encuentra también un pedazo de papel que había olvidado. Estaba doblado en el asiento de al lado antes de abandonar el autobús que la llevara hasta La Paz, pero al bajarse no había encontrado al señor que había estado sentado ahí. Preocupada por cuidar que nadie se llevara su equipaje, lo puso en su bolsillo para que no le estorbara. Ahora ya no puede devolverlo a su dueño. Justo antes llegar a su destino lee su contenido, esperando que no contenga información importante:


Esta plegaria le ha llegado después de dar la vuelta al mundo cuatro veces. Quien rompa la cadena tendrá mala suerte.


Por favor, cópiela y algo bueno pasará en cuatro días. Envíela junto con cuatro fotocopias más a gente que aprecie. Tiene que pasarla en 24 horas. Por favor, no se quede con esta copia. Gen Patton contrajo matrimonio dos meses después de recibirla. Richard Allen recibió un ascenso, pero lo perdió porque rompió la cadena. La buena suerte le llegará en cuatro días. Esto no es una broma, sólo tiene que confiar en la buena energía que circula por nuestra tierra.


No es la primera vez que se encuentra con alguna de esas cadenas. Aunque son cada vez menos frecuentes debido a que mucha gente ya empieza a usar Internet, no es extraño ver alguna de tanto en tanto, sobre todo en las zonas menos adineradas. Las palabras varían entre las versiones, pero el mensaje es siempre el mismo, creado para que cuatro quepan en un papel de fotocopia. Pese a ello, no puede evitar tomarse la nota de forma personal; esa promesa de buena suerte le llega como una bofetada. Su primer impulso es romper el papel y tirarlo por la ventanilla, pero tiene que contentarse con arrugarlo en un puño mientras se cuelga el maletín del hombro, baja del minibús y camina con paso ligero para escapar del aire gélido. Cuando llegue al apartamento le prenderá fuego y lo verá arder.


Fiel a su pensamiento, sin siquiera quitarse el abrigo, toma el encendedor de la cocina y cierra la puerta de la lavandería tras de sí. Antes de quemar el papel, como último signo de desprecio escribe en el reverso: “He perdido a mi mamá. Tu suerte no sirve para nada”. Antes de meterse en la cama, recoge el montoncito de ceniza y lo pone en la maceta de la ventana de la cocina. Siempre le decían que los restos de los cigarrillos eran buenos para las plantas, quizá también lo fueran los del papel.


***


Horas antes de su viaje, la mañana del jueves había empezado con la rutina de siempre. Levantarse a las cinco, salir de la cama, vestirse lo más rápido posible para ganarle al frío, despertar a Laura y Miguel para que fueran al colegio, planchar la camisa y el traje del día, calentar la leche, poner la mesa del desayuno… Ninguna de aquellas tareas había reflejado la noticia que estaba a punto de recibir. Tampoco en su camino de vuelta a casa, después de llevar a los niños a la esquina donde los recogía el autobús del colegio, había notado nada extraño. Cuando el señor Miguel se fue, encargándole la cena que quería para aquella noche, no hubo nada que le indicara que no podría prepararla. Aquel día había empezado siendo tan anodino que después de tender las camas, barrer los cuartos, limpiar el baño y ordenar la cocina, se había planteado dormir un rato porque tenía tiempo de sobra hasta que los niños volvieran. Si no lo hizo, fue porque desde la puerta de su cuarto, que daba a la lavandería, vio remojando la camisa que el señor había manchado de vino el día anterior, de la que se había olvidado.


Así que, sin haberse recostado, había empezado a preparar el almuerzo. Mientras colaba el arroz, el teléfono sonó. Se secó las manos para ir a contestar a la sala de estar.


—¿Diga?


—Lidia, hijita. Perdona que te llame a la casa del caballero. —Al otro lado, la voz que se caracterizaba por estar teñida de calma sonaba algo agitada.


—Papá… ¿Qué pasó?


—Hijita, tengo malas noticias. —Tras una pausa en la que Lidia oyó cómo tragaba saliva, continuó—: Tu mamá… Ya no está con nosotros.


—Papá —repitió, esta vez en medio de sollozos.


Después de eso, Lidia apenas pudo seguir el hilo de la conversación. Al colgar el teléfono ya no lograba recordar las palabras intercambiadas. Lo único que sabía era que tenía que prepararse para ir al velorio de su mamá y llamar a la señora Marcela avisándole a qué hora llegaría. Ella le daría el encargo a su papá. Cada domingo, la señora Marcela les prestaba el teléfono que tenía instalado en su tienda para que Lidia charlase con sus papás. Pero eso ya no volvería a pasar.


Antes de que los niños llegaran del colegio, había entrado en su aseo para calmarse. Se había mirado los ojos color café, enmarcados por las pestañas negras —que ahora estaban húmedas—, y había respirado hondo. No se había dado cuenta, pero en su desesperación se había llevado tanto las manos a la cabeza que tenía el cabello desordenado. Había invocado toda la fuerza de voluntad que le quedaba para volver a trenzarlos sin llorar; su mamá era quien le había enseñado cómo peinarse, pues había heredado su cabello grueso y temperamental: primero se recogía en una cola con una hebilla, luego se hacía una trenza prieta, así quedaba destinado a aguantar en su sitio toda la jornada. Al terminar, se había arreglado el flequillo y había vuelto a mirarse al espejo. Le dio vergüenza recordar que había pensado en teñirse, con la esperanza de reducir el grosor de su pelo y aclarar su color negro. Quería parecerse un poco más a las personas que pueden tener apartamentos como aquel en el que ella trabajaba, y menos a la Lidia que había llegado a esa ciudad. Su esperanza había sido poder trabajar y ahorrar para estudiar en la universidad. A esa Lidia la habían rechazado para un trabajo en una heladería de la zona sur porque «Con esa pinta de imilla nadie te va a contratar por aquí, pues». No era la primera vez, ni sería la última, que la llamaban imilla, término que había tenido que volver a aprender. Aunque en aimara significara «muchacha», en la gran ciudad servía para referirse a la mujer joven de ascendencia indígena. «Imilla», le decían, porque ella venía de un pueblo. Y no importaba si alguien había nacido en la ciudad, si tenía la piel marrón, la nariz aguileña, los pómulos prominentes y era de complexión fuerte: no podía tener sangre de blanco y solo podía ser imilla, de mamá chola y papá indio. Esa palabra le había hecho darse cuenta de que era mejor que se conformara con ser trabajadora doméstica. Cuando la entrevistaron para llenar vacantes en anuncios que rezaban «Se busca empleada cama adentro», nadie la miró como si se hubiera confundido de lugar ni cuestionó sus habilidades para hacer el trabajo. Al final, Lidia acabó convencida de que ella formaba parte de un grupo de personas para el que hay ciertos caminos que no son accesibles.


El resto de aquel jueves pasó como una ensoñación. Sin saber muy bien cómo, al final se las arregló para dar de comer a los niños, acompañarlos a la academia de inglés, llamar por teléfono al señor Miguel para pedirle días de permiso, preparar un maletín con ropa, ir a la casa en la que trabajaba su amiga Clara, pedirle que la ayudara a encontrar a alguien para suplirla y dirigirse a la terminal de autobuses.


El viaje de doce horas que había entre La Paz y Potosí no le sirvió para desprenderse de aquella sensación. Tampoco la bienvenida de su papá a la entrada del pueblo, ni las tres noches de velorio en el salón de la casa en la que había vivido durante tantos años. Ni siquiera ver a toda la gente que asociaba con su infancia. Solo el domingo en el cementerio, al que habían llegado llevando el ataúd en procesión para que el alma de su mamá se despidiera de las calles que la habían visto vivir, empezó a entender que, a sus veintidós años, tendría que aceptar esa realidad. Dos horas más tarde, se había quedado dormida en el autobús de regreso y no había despertado hasta casi diez horas después, con la sensación de desolación anclada a su estómago. No había dejado de llorar durante el resto del trayecto.


***


El lunes solo nota algo extraño mientras almuerza en la mesa de la cocina, después de que los niños han comido. Al mirar hacia la ventana se da cuenta de que el papel vuelve a estar intacto sobre la tierra de la maceta. Al principio, intenta convencerse de que en realidad no lo quemó y el cansancio la hace recordar mal, pero tiene que rendirse a la evidencia al ver la nota del reverso:


Me apena mucho saber que tu mamá dejó este mundo, pero ahora su cuerpo volverá a la Pachamama y su alma ya es libre.


Soy el achachila del Huayna Potosí. Por el mensaje que me mandaste estamos conectados. Comparto tu sufrimiento y tu pena para ayudarte en tu vida. No estás sola, a través de la tierra siempre estoy contigo.


Lidia tiene que releer el corto mensaje para empezar a entender qué está pasando ¿De verdad le llegó una nota escrita por uno de los espíritus de las montañas? Sabe que los achachilas se consideran los protectores del pueblo aimara, pero nadie le dijo nada de que tuvieran contacto directo con los humanos. Desde la primera vez que le hablaron de ellos, se los imaginaba como ancianos muy arrugados y con el pelo blanco. Al fin y al cabo, achachi era, a veces, la palabra que usaban para referirse a las personas mayores.


Aunque durante toda la tarde ha estado intentando encontrar una explicación a la extraña aparición, tiene que rendirse a la evidencia: la letra no es de ninguno de los habitantes de la casa. Además, debajo de la nota del achachila se encuentran sus propias palabras en un azul pálido, como si alguien las hubiera descolorido y puesto en un segundo plano para hacerlas visibles sin estorbar la lectura del mensaje nuevo. En el reverso, no queda rastro de la fotocopia.


Intentando todavía familiarizarse con la situación, se da cuenta de que, por primera vez desde hace días, la goma que tiene pegada a las paredes del pecho se disuelve un poco, dejándola respirar mejor. Por primera vez desde el jueves, se siente algo menos sola.


Después de acostar a los niños, se sienta a la mesa de la cocina. Tras un par de minutos, se pone a escribir con cuidado en el lado blanco del papel. Es una de las pocas veces que lo hace en aimara, porque en el colegio solo usaba el español y en casa, una mezcla de los dos idiomas, pero quiere contestar en la lengua en la que ha recibido la nota. En esta ocasión tiene que ser mucho más respetuosa que la noche anterior, así que empieza poniendo la fecha, recordando la clase en la que le enseñaron a redactar una carta:


4 de junio de 2001


Querido señor Achachila:


Gracias por escribirme. No sé lo que yo pueda hacer por usted, pero creo que el domingo puedo ir a hacer una challa. Antes no me es posible porque tengo que trabajar en la ciudad. ¿Qué licor le gusta?


No le dije antes: me llamo Lidia, tengo veintidós años. Nací en la provincia de Potosí, más o menos cerca del Cerro Rico. Desde hace tres años trabajo en La Paz, de empleada. ¿Usted conoce la ciudad? Yo creo que los edificios tan altos se pueden ver desde su montaña.


Ya me despido porque el papelito se está acabando. Le mando un saludo.


Atentamente,


Lidia Condori.


Al despertarse el martes, Lidia siente dos nudos dentro del cuerpo. El del pecho lleva consigo desde que oyó la voz de su papá al otro lado de la línea, pero el de su estómago es nuevo. Mientras se dirige hacia la cocina, esa sensación va aumentando, para desaparecer en cuanto distingue el blanco que sustituye el montón de cenizas que dejó dentro de la maceta por la noche. Con el corazón retumbando en sus oídos y los pies fríos, empieza a leer en cuanto tiene el papel en las manos:


Hola, Lidia. Llámame Huayna Potosí nomás. Eso de “señor achachila” me hace sentir bien viejo. Por algo me conocen como el menor de los achachilas. Me hubiera gustado llamarme algo más original, no “Cerro Joven”, pero así me pusieron en honor a la montaña de tu región. Ya parecemos gringos, solo faltaría que me hubieran puesto Potosí Jr., ja, ja, ja. Por suerte, cuando fui creado no se hablaba inglés en este continente.


Me alegra que aparezcan tus cartitas en mi cueva, hacía tiempo que ningún humano me contactaba. No tienes que venir a hacer challa, eso de las ofrendas está pasado de moda. Yo prefiero tomarme el trago directo sin esperar a que lo tires a la tierra. Pero si me quieres venir a visitar, me avisas y bajaré a la carretera para recibirte.


Durante unos segundos, lo único en lo que puede pensar es en la sonrisa que se ha dibujado en su rostro. De vuelta en su cuarto, se pregunta si las palabras de un achachila podrían tener poderes mágicos. Nunca se había sentido tan contenta porque alguien le explicara algo tan banal. De hecho, no se sentía tan feliz desde que Clara, después de convertirse en su amiga tras coincidir varias veces en el mercado, la había invitado a pasar los domingos con su familia.


Como cada martes, los niños almorzarán con sus abuelos, por lo que Lidia aprovecha para ir a comprar. La mayoría de las semanas se encuentra con Clara y van juntas. Cuando se acerca a la esquina donde tomarán el minibús, ve que ya la está esperando.


Esta vez no hablan de los chismes del barrio ni de sus quehaceres. Lidia tiene que contener sus lágrimas en cuanto su amiga le da el pésame, por lo que hace la mayoría del trayecto en silencio hasta que, intentando animarse, saca tema de conversación:


—¿Dónde vas a querer almorzar? —le pregunta a Clara, que siempre decide el menú.


—Ay, Lidia, no te enojes. La semana pasada le dije al Wilfred que podíamos almorzar juntos hoy día. Encima, le hice prometer que me va a llevar a un restaurante, ya no al comedor del mercado —añade con cierto tono de pena—. Pero cuando lleguemos le voy a decir que me quedo contigo.


—Otra vez me estás fallando. Bien falluta estás por culpa del Wilfred —recalca entre molesta y divertida—. Anda nomás, ya luego nos vemos para comprar —dice sonriendo. En realidad, le alegra ver a su amiga ilusionada.


—¿Segura? —Tras el gesto afirmativo de Lidia, le promete—: A la una en punto voy a estar de vuelta, palabrita.


—Ya, te voy a estar esperando en el puesto de la fruta. Pero no te vayas a tardar.


—No, voy a estar bien puntual. —Sin darle tiempo a añadir nada más ni a arrepentirse, Clara cambia de tema— ¿Este año también tienes que ir con el señor y los chiquitos al Gran Poder?


—Pucha, ni me acordaba —contesta Lidia, recordando de pronto en qué época están—. Pues yo creo que sí.


—Entonces esta semana no vas a ir donde mis papás, ¿no?


—No, pues. Si ya sabes que el señor se pasa el domingo con chaki y tengo que cuidarlos a los niños y a él.


Este será el cuarto año de Lidia en la fiesta de Jesús del Gran Poder. Todavía puede sentir la emoción que le produjo la primera vez que vio a los diferentes conjuntos recorrer las calles representando las danzas folclóricas del altiplano boliviano, cuando no llevaba más de tres meses en La Paz.


La ciudad parecía querer engullirla a diario, pero aquel día fue un regalo para todos sus sentidos. La música de las bandas que acompañaban a cada fraternidad, el retumbar de los bombos en su pecho, el olor de la comida y la cerveza que transportaban los vendedores ambulantes, los trajes vibrantes de los bailarines a los que les llovía papel de colores: las tiras de la serpentina y los puntitos de la mistura. Mientras veía tradiciones como la challa conviviendo con la vida moderna, Lidia sentía que tal vez sí podría convertirse en aquello que quisiera. Sentada en primera fila con los compañeros del banco del señor y sus familias, se prometía cada año que al siguiente estaría más cerca de convertirse en alguien que pudiera contribuir a la sociedad. Aunque no se daba cuenta de inmediato, al dejar la fiesta atrás la ciudad volvía a pintarla de gris. Al día siguiente ya se había resignado a ser únicamente la chica que cuida de la casa, de los niños y de la resaca del señor Miguel.


Cuando vuelve a la realidad, el minibús está a punto de parar en la esquina del mercado. Pese a ser una semana extraña, Lidia se encuentra disfrutando de la situación. Los martes son días relajados; puede almorzar con calma, hacer el recorrido comprando con Clara y después volver en taxi con las bolsas. Al bajar, ve a Wilfred acercándose a su amiga y la despide con un gesto de la mano. Mientras se decide por un puesto de comida en el que sentarse, se pregunta si el achachila del Huayna Potosí se parecerá a alguno de los señores mayores que se cruzan por su camino. Intentando no fijarse en las mujeres que le recuerdan a su mamá, empieza a pensar en la nota que dejará por la noche, explicando que su visita al cerro tendrá que esperar una semana más.


Para cuando se vuelve a encontrar con Clara, ha decidido que todavía no le contará lo de su correspondencia. Aunque se dice a sí misma que primero debería preguntarle al achachila si puede revelar su existencia, también hay una parte de ella que teme que hablar de ello haga que deje de ser algo tan especial como lo siente en ese momento.


Pese a que su instinto es dirigirse a la cocina nada más despertar, el miércoles Lidia se obliga a vestirse y peinarse antes de hacerlo. Mirarse al espejo sigue siendo duro. Incluso con el desahogo que le da enviar la nota por la noche y la perspectiva de las palabras que encontrará en la mañana, la punzada que siente en el pecho hace que casi se doble de dolor. Antes de ponerse a llorar, se hace la trenza tan rápido como puede. Mientras se dirige a la cocina, también tiene que apartar el miedo que le susurra que es probable que el achachila haya decidido que ella no es merecedora de su tiempo. Pero el papel está en la maceta, lo que tranquiliza un poco su respiración. El mensaje ha llegado hasta ella y reafirma, un día más, que no está sola:


No te preocupes por la visita, he visto tantos días que una semana se pasa volando. Disfruta del Gran Poder y de las danzas. Cuando veas los tinkus, acuérdate de mí. Antes, en la época en que quechuas y aimaras gobernaban en estas tierras, las poblaciones se enfrentaban para ofrendar sangre a la Pachamama y a nosotros los dioses menores. De esa ceremonia nació el baile, y a mí me parece más divertido. Una vez vinieron a grabar un videoclip de una canción de tinku al cerro. Las ropas estaban modernizadas y con colores más chillones, pero eran bonitos disfraces, hasta con ojotas de caucho en vez de zapatos. Ahora solo usan las ondas para bailar y challan con licor. Han cambiado la sangre por el alcohol, las dos cosas preferidas del ser humano.


Claro que pensará en él y, tal vez, él también pensará en ella. La forma simple en la que se expresa y cómo se refiere al tiempo hace que la vida le parezca un poco más fácil. Aquella mañana, incluso, se permite encender la radio mientras hace el desayuno. La vida no volverá a ser igual, pero algo le dice que podría llegar a no ser tan mala como había creído.


***


Aunque la certeza de saber que cada mañana encontrará una nota le da una dosis de optimismo y esperanza, hay partes de los días que son difíciles de sobrellevar. El viernes está lleno de esas partes, y aunque intenta ser fuerte y dejarlas atrás, al acabar la jornada no consigue dormir. En la oscuridad de la habitación, no puede dejar de pensar en que se siente tan perdida como hace una semana, cuando tampoco dormía porque estaba velando a su mamá. Se dice a sí misma que, si percibiera el tiempo como el achachila, podría entender que el paso de una semana no significa nada. Si fuera tan sabia como él, entendería que la esencia de su mamá sigue viva dentro de ella. Pero no puede; en ese momento solo siente dolor y rabia. No volverá a oír su voz. Nunca le podrá contar que se matriculó en la universidad; nunca la hará enorgullecerse de ella. Le duele estar viviendo en un cuarto en el que apenas entran una cama y un ropero con puertas corredizas, porque sería incapaz de abrirlas si tuviera que tirar de ellas. Lo único que es capaz de hacer entre sollozos es cruzar los dedos de las manos y pedir perdón en voz alta. Se disculpa con su mamá, por no haber tenido fuerza para ser mejor, aunque, quizá, también se disculpa consigo misma.


No sabe si es una locura, pero decide levantarse y escribir. Tampoco tiene la más mínima idea de si el papel del cuaderno que tiene en la cocina podrá llegar hasta el Huayna Potosí, pero necesita sentirse menos sola. Mezclando aimara y español, dejando fluir las palabras, se sincera con el único amigo que siente que puede comprenderla. Empieza hablando de su duelo, y después escribe sobre todo aquello que le causa dolor. Le cuenta que no sabe qué va a hacer para poder estudiar, que ya no tiene ni siquiera esperanza y cómo siente vergüenza cada vez que visita su pueblo y tiene que hablar de su vida en la gran ciudad. Incluso le dice que si ella fuera blanca a nadie le sorprendería que se haya ido lejos de su casa porque quiere ir a la universidad. En cuanto lo escribe se arrepiente, aunque es algo que tiene dentro y nunca se había atrevido a expresar. Con fuerza nacida de la rabia que la llena, decide que no va a tachar sus palabras. Deja fluir su discurso y añade que, aunque le cueste, piensa contribuir de algún modo a eliminar ese tipo de injusticias. Sin darse tiempo para decidir no hacerlo, quema la hoja y deja las cenizas dentro de la maceta, junto a las de su nota anterior.


Cuando suena su despertador, no está segura de cuánto tiempo ha dormido. Le pican los ojos y tiene los párpados hinchados, pero hace un esfuerzo por levantarse. Se siente algo menos triste que durante la noche, aunque se lamenta un poco por la carta que escribió sumida en ese estado. Se siente culpable por haber molestado al achachila, aunque ni siquiera sabe si le habrá llegado. Al acercarse a la maceta solo ve un papel, pero no hay rastro de cenizas. Todas sus dudas quedan descartadas al ver la respuesta escrita en la hoja de cuaderno:


Querida Lidia:


Como te dije en mi primera nota, no estás sola y me puedes escribir siempre que me necesites. Eres humana y a veces tienes que sentirte mal para poder curarte y ser más fuerte. Sé que ahora no lo sientes, pero tu mamá también está siempre contigo a través de la tierra.


Me duele mucho que te sientas mal por ser quien eres. Entiendo que te pase, le ha pasado a mucha gente a lo largo de la historia. Yo llevo tanto tiempo en este mundo que lo he visto muchas veces. Sé que hay gente que se cree mejor que otra porque tiene otro tipo de cultura. A veces, eso ni siquiera les importa, porque hay gente que cree que el aspecto físico determina que hay alguien superior. He visto tantos tipos de personas y creencias pasar por este lugar que conozco miles de historias. Algunas de esas personas notaron que yo existía y empezaron a venerarme. Otras creyeron en mí y en los demás achachilas solo porque la vida de un humano está llena de miedo e incertidumbre.


Tú eres de las pocas que nota mi existencia. Gracias a ello, puedo decirte que no debes dejar que otros te hagan creer una mentira sobre ti misma. Solo porque te la repiten las suficientes veces, no significa que sea verdad. Aunque parezca que muchos hacen lo mismo, nadie puede hacer las cosas como las harías tú. No dudes de que tienes el poder de cambiar las cosas. Siempre tendrás mi apoyo y sé que encontrarás a gente que quiera trabajar contigo para construir un futuro mejor.


Eres muy valiosa. Nunca lo olvides, imillitay.


Durante la lectura, Lidia lucha contra las lágrimas, pero cuando llega al final y ve que alguien se refiere a ella con el diminutivo cariñoso de una palabra que desde hace mucho tiempo le han dirigido de forma despectiva, deja de contenerlas. Solo lo siente a través de sus notas, sin embargo no le cabe ninguna duda de la presencia del achachila en su vida. La forma en la que están conectados por sus palabras y cómo se siente comprendida y querida es algo que nunca podrá agradecerle lo suficiente.


No deja de notar la tristeza en segundo plano, pero la afronta de una manera diferente. Se permite seguir llorando mientras prepara el desayuno y los sándwiches que llevarán al Gran Poder. Para cuando tiene que despertar a los niños y al señor, puede gestionar mejor sus emociones y se propone disfrutar del día.


Aquella entrada es una que Lidia no olvidará nunca. No solo porque en ocho días podrá visitar el Huayna Potosí, sino porque es capaz de ver más allá de la euforia de la celebración. Ve el esfuerzo de los bailarines, pero también el de los vendedores que cuentan con los ingresos de aquel día. Se da cuenta de las sonrisas de los que se asoman desde las altas ventanas, que pueden permitirse vivir en los edificios de la avenida, así como de las que dibujan las personas que se sientan en la vereda porque las sillas están reservadas. A ratos se siente contenta y a otros un poco más triste, pero intenta disfrutar de los contrastes que le recuerdan que está viva.


Al final del día, sentada en el taxi con los niños, ve al señor Miguel alejarse para seguir la fiesta con sus amigos. Como suele ocurrir, el conductor le da conversación y acaba preguntándole de dónde es y cómo ha acabado viviendo en La Paz. Por primera vez, su respuesta es sólida:


—He venido porque voy a estudiar derecho.

© Vania T. Curtidor

Vania T. Curtidor nació en una pequeña ciudad del altiplano peruano, donde vivió durante la mitad de su infancia. La otra mitad la pasó en La Paz, Bolivia. El tercer cambio de país fue a España, donde pasaría la mayoría de su adolescencia. Tras obtener el primer puesto en el concurso de relatos de su instituto a los diecisiete años, le pareció buena idea retirarse del mundo literario con una cuota de éxito del 100%.


Solo necesitó trece años, una mudanza a Alemania y un doctorado en Física para darse cuenta de que también podía escribir en su época adulta. De momento, esconde la mayoría de sus historias, pero a veces las muestra e incluso son seleccionadas para alguna antología. Gracias a ello, el primer número de Constelación Magazine es el tercer hogar que acoge uno de sus relatos.


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