Inolvidable

Por Eduardo Martínez Báez

Ilustración por Gutti Barrios

3781 Palabras

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Discusión sobre la muerte

La sustituta puso la mesa y sirvió el desayuno. Esa mañana se había despertado con la receta en la punta de la lengua, se había sentado al filo de la cama y la había dicho en voz alta. Después de tres meses con el implante ya estaba acostumbrada. Cuando las figuras y palabras aparecían detrás de sus ojos tenía que pronunciarlas, acomodarlas en su boca y escucharlas para adivinar su significado. Tomillo, pimienta, mantequilla. Muchas veces amanecía así, con un sabor o un aroma atorado en el paladar. Sin darse cuenta, ya estaba en la cocina abriendo gabinetes y cajones. «¿Dónde estaba el vinagre?» pensó, e inmediatamente corrió a la alacena y dirigió la mano al espacio exacto que ocupaba el vinagre de vino blanco. Después, bajó unos estantes y tomó casi a ciegas un manojo de estragón y un frasco de pimienta gorda. La salsa tomó muy poco, en ese momento aún no sabía qué estaba preparando. Solo cuando dejó caer los huevos en la olla de agua hirviendo se preguntó qué demonios estaba haciendo. Pero la duda no la detuvo y la cocina pronto acabó perfumada de jamón, tomillo y mantequilla.

Lidia se despertó con el olor. Abrió la puerta y anticipó una lágrima que mató inmediatamente. El olor le recordó a otros domingos, a Samuel concentrado frente a la estufa. Aunque no quería, se le hizo agua a la boca. Se recogió el cabello y entró en la cocina.

—Hice el desayuno, no sé cómo se llama esto, pero si no te gusta te puedo preparar otra cosa —dijo Tamara en su español casi perfecto, pero tembloroso. Su nuevo dominio del idioma no hacía menos evidentes sus nervios. No había podido conectar con su clienta todavía. Era una intrusa, y se lo había dejado saber desde el principio. Al menos había dejado de llamarla así frente a las visitas.

—Gracias —contestó Lidia mientras se sentaba. Estaba haciendo un esfuerzo, quería seguir adelante. Unos días antes, bajo la misma circunstancia, se hubiera quedado encerrada y muda hasta que Tamara se retirara a dormir.

—Huevos benedictinos —murmuró Lidia mientras se servía café.

Excuse me? —respondió sorprendida Tamara, tanto que solo alcanzó a articular en inglés.

—Así se llaman, huevos benedictinos, eggs benedict, dirías tú, una especialidad de Samuel, aunque sólo los preparaba cuando yo me sentía mal. Se los pedía cada fin de semana, pero él decía que iban a dejar de ser especiales si los hacía muy seguido. A veces fingía una gripa o le decía que tenía migraña, para que los hiciera.

—¿Y a poco no se daba cuenta? —preguntó Tamara, con más familiaridad de lo usual.

—Yo creo que sí. Pero así era nuestro matrimonio, fingíamos juntos.

—Pues sigues haciendo trampa, porque no te veo muy enferma que digamos —contestó Tamara.

Lidia sonrió.

Un aire de orgullo infló su cuerpo, su plan parecía funcionar. Había aprendido la estrategia durante su capacitación, cuando la contrataron. Replicar experiencias y rituales parecía ayudar a acelerar el proceso de conexión. El truco culinario no le había fallado hasta entonces. Para su fortuna, los recuerdos de Samuel venían repletos de mañanas conjurando en la cocina.

***

Tamara había llegado tres días después del funeral, con una maleta amarilla y una backpack gris retacada de lápices, trapos, borradores, pinceles y un puñado de pinturas de los colores básicos. Cuando Lidia abrió la puerta, en pijama, y escuchó a esa extraña comunicarle aquel mensaje desde la tumba, sus venas se inflaron de un odio que quemaba.

Samuel había firmado el contrato a escondidas, sabiendo que Lidia nunca hubiera aceptado la ayuda. Empezó a investigar sobre el servicio de sustitutos desde que lo habían diagnosticado. Samuel le había comentado a la señorita que lo atendió en la empresa de sustitutos que Lidia no era especialmente olvidadiza, que le preocupaba más el efecto de su ausencia física que la pérdida de un pedazo de su memoria; quizá el golpe podría ablandarse si sus recuerdos estuvieran con ella un rato más. La asesora lo escuchaba con atención y empatía genuina.

—He llegado a preguntarme si realmente estoy preparando a Lidia para mi muerte o si me estoy preparando a mí mismo —había dicho Samuel con una sonrisa nerviosa que a la asesora le pareció un poco exagerada, pero estaba acostumbrada. Los clientes normalmente no se comportaban como uno esperaba.

—¿Entonces el sustituto tendrá todos mis recuerdos?

—Así es, al menos durante el tiempo que dure el trabajo. Los borramos cuando retiramos el implante.

—¿Duele?

—Para nada, ni usted ni el sustituto sentirán nada, estarán bajo anestesia. Además, el dispositivo es muy pequeño y el procedimiento es sencillo.

—Leí que también se pueden transmitir habilidades.

—Sí, es posible que el sustituto también aprenda a realizar actividades que usted sabía hacer bien. Por ejemplo, hablar otro idioma o conducir un vehículo. Cuando se transfieren recuerdos que están ligados a una habilidad que se solía practicar cotidianamente, el sustituto a veces es capaz de adquirirla también. Aunque, a diferencia de los recuerdos, estas habilidades no se pueden borrar al retirar el implante. Pero normalmente se dejan de usar y se olvidan.

La asesora había sacado un catálogo con todos los candidatos para el trabajo. Samuel no quiso abrirlo ni elegir a nadie en específico, solo pidió que fuera mujer.

—Ha vivido toda su vida con un hombre, no la torturemos más —había dicho Samuel.

La asesora había accedido con una sonrisa, pero le había molestado que Samuel hiciera una generalización, aunque no sabía sobre qué. «¿Será muy desordenado y cree que una mujer no lo será también? ».

Samuel había adivinado la duda en sus ojos, pero no intentó aclarar su comentario. Siempre había pensado que Lidia habría sido más feliz viviendo entre mujeres. Samuel no se preguntaba si esa sospecha venía también de algún prejuicio oculto.

«Por favor, vete y déjame en paz, » le había dicho Lidia a la joven aquel primer día.

Tamara había respondido que venía desde Oklahoma, que sus empleadores solo le habían dado el boleto de avión y la dirección y no tenía otro lugar adonde ir. Lidia estaba furiosa, pero por ningún motivo iba a dejar a la chica en la calle. Samuel contaba con ello.

—¿Cuánto tiempo se supone que vas a quedarte aquí? ¿Tres meses? Estás mal de la cabeza, mañana mismo buscas adónde irte. —Tamara supo que ese era el momento y sacó de su backpack la carta de Samuel.

—Tu esposo pidió que al menos la leyeras antes de tomar una decisión.

Tamara nunca supo lo que decía la carta, sólo escuchó a Lidia decirle, un minuto después, «ven, te enseño tu cuarto. »

Los primeros días siempre eran difíciles. Pero Tamara sabía ser paciente, tenía que estar alerta para probarle a la clienta que podía ser de ayuda para ella.

—¡Chingadamadre! —gritó Lidia una mañana. Tamara corrió a la sala, de donde venían los gritos.

—¿Qué pasó, estás bien? ¿Necesitas algo? —preguntó agitada.

—No encuentro el maldito control.

—¿De la tele?

—De la cochera, no puedo salir —dijo furiosa. Tamara entró rápido a la cocina y regresó con el control.

—¿Dónde estaba?

—En el cajón de los cubiertos, siempre lo dejas ahí.

***

Desayunaron en silencio. Cuando acabaron, Lidia le dio las gracias sin hacer ningún comentario sobre el sabor de los huevos, pero Tamara sabía que le habían gustado. No porque su aprobación fuera evidente en sus gestos, sino porque el platillo tenía exactamente el mismo sazón de Samuel. Antes de que Lidia se parara, Tamara tomó la oportunidad.

—Quizá es momento de hablar de nuevo sobre nuestra situación. Después de todo, esto es lo que tu esposo dejó como su último deseo; no quería que vivieras el luto sola, o al menos no de una forma tan súbita.

—Mira, Tamara, eres una buena chica. Y que me haya portado espantosa contigo no es tu culpa, pero tampoco es mía. No me interesa lo que ofreces. Esa cosa que te pusieron en la cabeza no te hace Samuel, solo tienes sus recuerdos. Que para que yo no olvide dónde guardamos el azúcar o dónde están las actas de nacimiento, si no estoy tonta. Siempre he tenido buena memoria.

—Perdóname, Lidia, pero eso ha cambiado. Cuando alguien pierde a su pareja, literalmente una parte de ellos muere también. No es una metáfora, tú y tu marido, como todas las parejas que han convivido muchos años, guardan sus recuerdos, sus experiencias y sus secretos en el otro. Cuando guardas un documento en tu computadora, naturalmente no recuerdas qué dice palabra por palabra, pero sí recuerdas en qué sección lo guardaste. Así también funcionaba tu cerebro con Samuel. Él nunca se acordaba de la contraseña para el pago de impuestos, porque sabía que tú si la recordabas. Tú nunca te aprendiste de memoria la combinación de la caja fuerte, porque sabías que él sí la tenía grabada. La puerta de esa caja lleva semanas abierta. —Tamara tomó una pluma del cajón y apuntó la combinación correcta en una servilleta—. ¿Ves? Y esos son solo números, el otro día no recordabas el nombre de tu sobrina, la de los ojos verdes que vino por pastel.

—La gandalla —dijo Lidia riendo.

—Paulina —contestó Tamara, también con una sonrisa burlona.

Después del desayuno, y a pesar de las objeciones iniciales, Tamara logró convencer a su anfitriona de aceptar que la ayudara en el jardín. Intentó primero explicarle a Lidia que la reasimilación de memoria se daría más rápido si participaba con ella en las mismas actividades que hacía con su marido. Cuando eso no funcionó, Tamara intentó algo distinto.

—¿Sabes?, mi mamá tenía un patio precioso en Tulsa, era pequeño pero colorido. Tenía mi propia jarrita para regar y todos los fines de semana me levantaba temprano para ayudarla. Aunque estaba chiquita, recuerdo haberme sentido orgullosa al entrar a la casa con los zapatos llenos de lodo. Hace mucho que no veo ese jardín.

—Dios de mi vida —gruñó Lidia, mientras volteaba hacia el cielo con ironía. Hizo cara de derrota y dijo entre dientes—: vamos pues, nomás no empieces a llorar.

Tamara la siguió hacia afuera con una sonrisa pícara.

Últimamente, las mañanas completas se le iban a Lidia en regar, podar, trasplantar y reacomodar el patio trasero. El jardín se había convertido en un colorido rompecabezas en el que pasaba horas buscando los espacios precisos para las piezas correctas. Un par de semanas después lo deshacía y volvía a empezar. El día de la misa funeraria, su hermana había tenido que arrancarle la pala de la mano, sacudirla y obligarla a vestirse. En cuanto terminó el servicio, había salido sin despedirse para volver a casa, a seguir revolviendo tierra. Era su manera de tomar el control de algo, lo que fuera.

Desde que Samuel enfermara, Lidia se había dedicado con fervor a sus últimas peticiones: acomodar sus pertenencias en dos categorías, «donar o heredar »; buscar al abogado y elaborar el testamento que Samuel, a pesar de los múltiples recordatorios que Lidia le hacía cada año, nunca se había sentado a preparar; hasta consiguió a un padre para que lo confesara. Esto fue lo más complicado, ningún sacerdote quería acercarse a Samuel y Lidia no podía pedir ayuda sin que le preguntaran por qué nadie quería confesar a su marido. El colmo para ella había sido llevar a Samuel a escoger su propia corona fúnebre. Lidia sentía el rencor acumulándosele en el estómago. Pensaba que Samuel estaba siendo desconsiderado; una parte de ella también se iba a morir y él no le dejaba ni una hora para prepararse. Pero no quería molestarlo, no le quedaba mucho tiempo.

Cuando su marido por fin dejó de respirar, Lidia no tuvo tiempo de sentirse triste ni aliviada. Inmediatamente, había comenzado los preparativos para el velorio en casa que Samuel detalló en su carta de despedida. Lidia detestaba ese grotesco ritual sobre cualquier otro. Los vivos rodeando la muerte, mirándola, doliéndose por ella, fingiendo, resistiendo, disimulando interés. No hay mucho que hacer después de diez o quince minutos viendo un cuerpo que ya no se infla.

Lidia le dio unas tijeras con mango naranja a Tamara y la guio hasta los rosales amarillos.

—Pon atención. ¿Ves ese par de flores muertas? Vas a contar dos yemas hacia abajo y vas a cortar ahí. No, esto es una yema, ¿no que le ayudabas a tu mamá?, se me hace que era puro cuento. Ok, ahí vas a cortar en cuarenta y cinco grados, así. Los tallos que vayas podando los avientas ahí.

Tamara trataba de complacerla siendo lo más precisa posible. Lidia la observaba concentrarse en su tarea. Su piel oscura brillando bajo el sol, las flores amarillas en una mano, el pelo recogido como bola de estambre negro. Por primera vez, se permitió apreciar la belleza de Tamara, no por pudor, sino por tristeza. Lidia se tomaba su luto muy en serio. La única belleza que consideraba permisible era la de su jardín. Nada más debía traerle alegría. Por supuesto, eso era una mentira; seguía fingiendo por el bien de Samuel. En realidad disfrutaba muchas otras cosas: jugar cartas con sus amigas, los paseos en el centro, sentarse en el café de la esquina a ver pasar a los turistas y saludar a los niños; jugar con sus sobrinos, y comer con Tamara. Pero la culpa era más fuerte que todas las cosas que la hacían feliz.

—¿Dónde está Tulsa? —preguntó Lidia, con un falso tono de desinterés.

—En Oklahoma, arriba de Texas, casi en el centro de Estados Unidos.

—¿Es bonito?

—Es muy verde, eso me gustaba, supongo. Pero es una metrópolis, yo prefiero los pequeños lugares, como San Miguel.

—Ya no es tan pequeño como antes, precisamente porque a todos los americanos les encanta San Miguel —dijo Lidia con ironía—. Estoy bromeando. ¿Qué es lo que más te gusta de aquí?

—Las calles empedradas, las galerías. Nunca había visto tantas galerías en un mismo lugar en mi vida, hay una en cada cuadra.

—Puedo presentarte a un amigo que tiene una aquí cerca, para que le enseñes tu trabajo.

—¡Me encantaría! Aunque realmente no vine a eso.

—¿Quién dice que no puedes hacer dos cosas a la vez? —dijo Lidia.

Tamara aceptó la oferta y siguió podando.

—¿Puedo preguntarte algo?

—Sí, pero no dejes de podar, no falta mucho para que se ponga fuerte el sol —dijo Lidia, mientras preparaba tierra en una nueva maceta.

—¿Eras feliz con tu marido?

Lidia dejó de echar tierra y se secó el sudor de la frente con el guante mugriento, embarrándose de lodo.

—¿Por qué me preguntas eso?

—Cuando nos asignan un nuevo caso, nuestro primer instinto es hablar del difunto, pero a veces eso es lo último que el cliente quiere escuchar.

—¿Qué no puedes ver todo con ese metal que te pusieron?

—Aún no, los recuerdos vienen día a día, como los sueños. Uno no sueña veinte sueños a la vez, quizá uno o dos por noche. Así también es este proceso. Aún no puedo ver si hay razones para evitar mencionarlo.

—No era violento, si eso es lo que quieres saber, aunque cuando era más joven podía ser cruel.

—¿De qué forma?

—Falta de empatía, más que nada. Samuel era especial, era… —Lidia se detuvo súbitamente y sacudió la cabeza—. Era como un imán. La gente lo buscaba porque tenía una manera de darles lo que querían, aunque fuera por unos minutos. —Lidia hablaba sin ver a Tamara, tenía los ojos anclados en el guayabo que estaba justo frente a ella, se acercó y tomó una fruta. Comenzó a jugar con ella, lanzándola de una mano a otra—. Ese tipo de atención puede facilitar la crueldad. Le perdoné cosas que hoy ya no se perdonan.

—Podemos evitar hablar de él.

—No, no quiero eso. Eso fue cuando éramos muy jóvenes. Al pasar los años se fue ablandando poco a poco. Si lo hubieras conocido antes de morir, te habría parecido el viejo más tierno del mundo. —Lidia mordió la guayaba.

—Quizá en unos días recuerde cómo hacer bien todo esto y pueda ayudarte de verdad aquí afuera, no solo estorbarte.

—No creo, Samuel nunca fue bueno para la jardinería, me trataba de ayudar, pero…

—Te estorbaba —dijo Tamara sin pensarlo—. Sorry —corrigió rápido. Lidia reprimió un grito de culpa y se lo tragó de golpe.

***

A medio día guardaron las palas y tijeras, se sacudieron la tierra afuera de la puerta corrediza, se quitaron los zapatos y entraron a la casa. Lidia se fue a bañar y Tamara se sentó en un banco de la cocina. Cerró los ojos y apretó con fuerza los párpados. Despacio, uno a uno fueron revelándose los sabores para la comida en su cabeza, triángulos coloridos que tomaron forma de chiles, luego de hierbas, ajo. Toc, toc, toc. Unos golpes en la sala la sacaron del trance súbitamente. «¿Lidia, fuiste tú?» Nadie contestó. Toc, toc, toc. El ruido venía de un viejo mueble a un lado del sofá, tenía dos puertitas verticales y encima había varias fotos de la familia. Un pequeño retrato de Samuel había caído hacia el frente. Tamara lo acomodó, jalando la pata detrás del retrato para que pudiera sostenerse. ¡Toc, toc, toc! Tamara brincó hacia atrás y cayó sobre el tapete de la sala. Las dos puertecitas del mueble se habían sacudido. Los golpes venían del otro lado. Tamara se paró y siguió viendo cómo las pequeñas manijas se movían como si alguien quisiera salir. Creyó escuchar algo adentro, alguien le estaba hablando.

—¿Me dejas entrar? —dijo una voz infantil. Tamara no podía distinguir si era niño o niña, pero sabía que era alguien pequeño. Aunque intentó resistir, comenzó a acercar ambas manos a las manijas. Las tomó y comenzó a jalar.

—¡No! —Una mano cerró con fuerza las dos puertas. Tamara levantó la cabeza y vio a Lidia en toalla, con la cara pálida y el cabello mojado.

—¿Qué era eso? —preguntó Tamara con la voz quebrada. Lidia se sentó en un banco de la cocina, tenía los ojos cerrados.

—Se supone que solo serían sus recuerdos, eso decía la carta —murmuró.

—Lidia, por favor, si sabes algo, dímelo, ¿qué está pasando? —Lidia levantó la cabeza y le clavó los ojos.

—Recibiste eso de él.

—¿Qué recibí? No entiendo.

—Samuel podía convocar a seres como ese —dijo Lidia apuntando al mueble de la sala, que había dejado de moverse—. Te dieron sus recuerdos, su español, sus recetas, y al parecer, eso también.

***

Por la noche, Tamara seguía congelada en el sillón. No se había movido desde que Lidia terminara su explicación. Nunca hubiera imaginado que esa pareja pudiera vivir de esa ocupación. Pensaba que los médiums sólo vivían en callejones mal alumbrados con pentagramas en las puertas, no en casas elegantes, en el centro de San Miguel de Allende.

—Hace ya algunos años que nos retiramos, pero por un tiempo nos fue muy bien, la gente venía desde lejos para vernos. Él llevaba a cabo las sesiones, yo manejaba las finanzas y atendía a la clientela. Pero llegó un punto en que yo ya no quería tomar el dinero de esas personas. No porque Samuel fuera un fraude, sino porque lo que hacíamos no los ayudaba, era como una droga, más que una cura. Pero Samuel nunca dejó de realizar sus sesiones, aunque procuraba hacerlas a escondidas. Desde entonces no habíamos tenido invitados de ese tipo en la casa, hasta hoy.

Tamara siguió sentada y muda unos minutos. De pronto se paró y comenzó a sacar ingredientes del refrigerador.

Mientras Tamara cocinaba, Lidia se fue a su cuarto a gritar sobre la almohada. Pensaba que se había deshecho de esa parte de su vida. Ahora también iba a tener que cuidar de esa muchacha, no podía dejarla sola con ese «regalo». En la cocina, Tamara guisaba chiles y cortaba cebolla como sonámbula. Recordó las advertencias de su madre. No dejes que te metan cosas en la cabeza, le había dicho. Tamara le había contestado que no fuera exagerada, que su nuevo trabajo era perfectamente seguro. Aparte, podía viajar, conocer gente, pintar, por fin podía dedicarse a su arte sin preocuparse por sus ingresos. Todo tiene consecuencias, se escuchó decir con la voz de su madre. Sacudió la cabeza para expulsar esos recuerdos; le dolía pensar en ella, en su desaprobación, en la culpa que aún sentía por haberla dejado sola. Estaba limpiando la cebolla del cuchillo con su dedo cuando escuchó un golpe seco en la alacena. Sonó como si algo se hubiera caído de los estantes. Abrió la puerta y se asomó. No alcanzaba a ver nada en la oscuridad. Prendió la luz y lo vio: un hombre alto de pelo blanco parado en el angosto pasillo de la alacena. Tamara no gritó, no dio un paso atrás, ni siquiera se sorprendió. En cuanto prendió la luz presintió lo que vería a continuación.

—Mucho gusto, Tamara, soy Samuel. ¿Me dejas entrar? —preguntó el viejo. Tamara no respondió.

Segundos después, Samuel sonrió y dijo:

—Hola, Lidia.

Tamara volteó y la vio justo detrás de ella.

—No lo dejes entrar —escuchó a Lidia decirle en voz baja. Samuel frunció el ceño y dijo:

—¿Por qué, que no me extrañas?

—Estás muerto, Samuel. Si algo aprendí en todos estos años es que no vale la pena extrañar a los muertos.

—¿Pero no lo ves? No tienes por qué extrañarme. Si la mantienes a ella cerca puedo estar contigo para siempre.

—Ella no tiene nada que ver. Está aquí para ayudarme a mí, no a ti. Y yo cada día me estoy sintiendo mejor, así que ella no tiene razón para quedarse por mucho tiempo.

—No podemos dejarla ir —gritó Samuel con desesperación.

—Adiós —contestó Lidia. Se acercó a Tamara y le susurró algo al oído. Tamara confirmó con la cabeza.

—No puedes entrar. ¡No tienes permitido entrar jamás! —exclamó Tamara. Nerviosa, pero con fuerza, presionó el interruptor en la pared y apagó la luz. Después de unos segundos volvió a prenderla, Samuel ya no estaba allí.

Las dos se quedaron unos minutos en silencio, hasta que Lidia preguntó:

—¿Qué estás cocinando?

—No estoy segura aún —contestó Tamara. Lidia caminó a la estufa e inspeccionó la barra de cortar. Chile ancho, chile morita, ajo, cebolla, epazote, pollo deshebrado, tortillas de maíz.

—Parece que estabas preparando enchiladas. Me encantan sus enchiladas. —Lidia tomó a Tamara de las manos y las apretó para que dejaran de temblar.

—Te voy a ayudar con esto, todo va a estar bien, puedo enseñarte a manejarlo. Puedes quedarte aquí el tiempo que quieras.

Se abrazaron por un largo tiempo. Después, cenaron enchiladas rojas.

© Eduardo Martínez Báez

Eduardo Martínez Báez Originario de Mexicali, México. Como tantos habitantes de la frontera, se crió entre la cultura mexicana y la del otro lado, por lo que escribe ficción especulativa en ambos idiomas. Ha publicado cuentos en MoonPark Review (USA) y Revista Espejo Humeante (México). Cuando era chico podía ver fantasmas y nadie le creía.