La atroz belleza de lo efímero

Por Keyan Bowes | Traducido del inglés por Eliana González Ugarte


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Muerte a causa de desastres naturales.

Las colinas del volcán consciente estaban cubiertas de moribundos sapos púrpuras. Los buitres y otros carroñeros se posaban en los árboles y mordisqueaban los pequeños cadáveres. El volcán se estremecía con un agonizante sentimiento de culpa. ¿Eran culpables los gases que él emitía?


Las hojas de los árboles cercanos a su cráter cayeron como amatistas alrededor del borde. En el cielo parecían dibujarse atardeceres extraños. Alguien dijo alguna vez que los sapos eran los canarios de las minas de carbón del mundo. Y los sapos, los sapos eran de color púrpura.


El volcán tenía miedo de ser quien estaba devastando la tierra, escupía una muerte púrpura que se arrastraba y se esparcía en anillos concéntricos desde su epicentro, desde él mismo. Soltó otra nube de gas. Un buitre cayó mientras aleteaba y colapsó en una horrenda danza llena de gracia.


El volcán lloró arroyos de magma caliente que burbujeaban por encima del borde y se derramaban por los costados, sobre sus pliegues y barrancos. El magma brillaba con un color naranja fundido: una belleza atroz que exterminaba todo lo que tocaba. Uno de los arroyos siseó al tocar un lago, y más sapos perecieron. Fluyó alrededor de rocas, sobre árboles que se prendieron fuego, sobre las madrigueras de pequeños animales que el volcán habría protegido.


—Cielo —dijo el volcán—. Detenme. Detenme antes de que todo muera.


—Eres quien eres —dijo el cielo indulgente—. Mundos van, mundos vienen. La tierra estalla y las rocas caen, la vida cambia, los gases cambian. Alguna vez hubo dinosaurios. Ahora hay pájaros. Y sapos.


—Los sapos, tan hermosos —se lamentó el volcán—. ¿Acaso todo debe pasar? ¿Por qué escupo esta muerte purpúrea?


El cielo no respondió. El tiempo se mueve de modo distinto para las atmósferas, y quizá estaba ponderando la pregunta.


El destello de un rayo partió el despejado y mudo cielo.


***


Un camión rebotaba y retumbaba por el camino rocoso que rodeaba el volcán. Unas personas se bajaron y subieron por el costado del volcán mientras charlaban. Él escuchaba, buscando una respuesta.


—¡Toma eso, Harvard! —dijo uno, jubiloso—. nosotros llegamos primero. Me voy a acercar, para obtener algunas lecturas más.


—Está bastante activo —dijo el otro—. ¿Sabes?, podríamos morir.


—¿Y qué mejor forma de morir que enfrentándose a estas probabilidades temerarias? ¡Somos vulcanólogos!


—¡Vulcanólogos estúpidos y temerarios! Okey, vayamos. ¿Estás grabando?


—Hay que acercar los equipos todo lo que podamos.


Se acercaron a la caldera.


“No…”, lloró el volcán en una voz tan baja que no pudieron escucharlo. “¡No!”, exclamó con una lluvia de magma fundido. Un estallido de flamas y gas se esparció desde su boca.


—¡Mierda! ¡Corre! —gritó el líder, y se giró para escapar. Así como ocurrió con los sapos, las hojas, los buitres, los vulcanólogos colapsaron en el humo purpúreo.


Ya no le serían de ayuda.


***


Desesperado, el volcán se dirigió al mundo a su alrededor.


—Tierra —dijo el volcán—. Tú eres la fuente, la base, el origen. ¡Detenme!


Con un retumbe, como de diversión, el suelo vibró.


—Eres mi hijo —dijo la tierra—. Fuego de mi fuego, piedra de mi piedra. Te quiero ver crecer en todo tu bello esplendor.


—Pero los sapos —dijo el volcán—. ¡Los árboles, los buitres, la gente!


—Efímeros —dijo la tierra despectivamente.


***


—¡Encontraré mi respuesta! —rugió el volcán, arrojando gotas de fuego. Eructó y escupió un rocío de piedras brillantes que carbonizaron los instrumentos abandonados por los vulcanólogos.


Las lecturas que estaban enviando al laboratorio de la universidad se detuvieron abruptamente.


—Existe una respuesta. ¡Debe haber una respuesta!


Una corriente de magma se derramó de su labio y cubrió el vehículo estacionado más abajo. Los colegas de los científicos muertos habían escrito sus nombres en el techo, en honor a su memoria, y lo habían dejado allí. Ahora también era algo efímero, como las personas a las que honraba.


—Mira en tu interior —dijo una voz. Era baja y hablaba sin rodeos.


—¿Cielo? —preguntó el volcán—. ¿Eres tú?


El volcán observó las cámaras de magma hirviente y las corrientes de roca fundida que crepitaban y gruñían. Eructó otra vez, y varios de los árboles en su borde se prendieron en un fuego purpúreo. Exhaló ráfagas de púrpura que se convirtieron en una gruesa nube que flotó sobre él. Los pájaros que atravesaron la nube al vuelo cayeron a la caldera como copos de nieve púrpura.


—La respuesta —dijo la voz que quizá pertenecía al cielo— está dentro de ti. Sólo tú puedes verla.


El volcán prestó atención y escuchó. “Meditaré sobre la respuesta”. Se calmó y desaceleró la magnífica caída del magma en sus venas y canales, y luego cayó en un profundo silencio contemplativo.


Por fin encontró la única respuesta.


Con los últimos pensamientos que le quedaban, se deshizo de sus pensamientos. El volcán durmió, emitiendo un pequeño ronquido de fuego cada tantas décadas. Luego, hasta eso se detuvo y, lentamente, se quedó inactivo.


***


En la caldera, un sapo juntó a un grupo de renacuajos. Saltaron a una piedra medio enterrada en el barro a las orillas del lago.


—¿Saben, niños, que este lago en el que nadamos descansa sobre un volcán? Uno que ha estado inactivo por mucho tiempo, desde antes de que hubiera sapos.


—¿De dónde vienen los sapos? —preguntó un renacuajo.


—Evolucionamos de los peces de cuatro patas, y los sapos que no perecieron se volvieron inteligentes a medida que el mundo iba cambiando. Pero volveremos a eso en otro momento. Ahora, ¿quién me puede decir qué es un volcán?


—Es una espinilla en la piel de la tierra —sugirió uno.


—Sí, y cuando la espinilla explota, sale fuego.


El sapo suspiró. Niños. ¿Aprenderían alguna vez lo que es el respeto?


El volcán escuchaba mientras dormía. Se rio con la palabra espinilla y una pluma de vapor estalló al costado del cráter, cocinando a algunos renacuajos. Antes de hervir todo el lago, se detuvo. Soñó con sapos, buitres, personas, y renacuajos conscientes que hablaban.


Soñó y se rehusó a despertar.

© Keyan Bowes

Keyan Bowes a menudo es emboscada por historias y tomó el Clarion Workshop para escritores de ciencia ficción y fantasía en defensa propia. Su trabajo ha aparecido online en varias publicaciones online y en una docena de antologías. Es miembro de SFWA. Normalmente es peripatética pero vive en San Francisco, y estos días se la puede encontrar online o en algún lugar cerca de Puget Sound.


Página web: www.keyanbowes.org;

Facebook: www.facebook.com/keyan.bowes

Twitter: @KeyanBowes

Madre de gatos. Vampira de noche y zombi de día. Nació y creció en Asunción,

Paraguay. Eliana escribió su primer libro ilustrado de fanfiction en 1995, llamado Frog and Toad go to the Zoo, como parte de una tarea de segundo grado. Spoiler: al final del cuento todos son comidos por un jacaré. Ha ganado más de diez premios por cuentos cortos en Paraguay, y uno por un guion corto de cine. En 2017 co-escribió el guion cinematográfico para Alas de Gloria, una película animada sobre la Guerra del Chaco que está en etapa de producción.

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