La Digestión del tejón o La primera descripción de primera mano...

del arte de las bestias llevada a cabo por una investigadora aouwana


Por Malka Older | Traducido del inglés por David Tejera Expósito

Ilustración por Gutti Barrios

8143 Palabras

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Ninguna

El paisaje que se extendía en el horizonte sin duda era maravilloso. Las montañas resultaban más impresionantes a medida que nos acercábamos, pero lo mejor había sido nuestro recibimiento en la entrada del puerto de Kassel, el que nos había dado una serpiente del Bestiario de Denesk cuyo cometido era guiarnos hasta el embarcadero.

Me habría parecido una bestia impresionante incluso si no hubiese sido la primera vez que veía a mi objeto de estudio, ese por el que había viajado tan lejos. Era enorme, pero complicada de medir con exactitud porque parte de ella se encontraba siempre debajo del agua. Contaba con escamas relucientes de muchos colores y con fauces capaces de abrirse de par en par para mostrar unos colmillos largos y curvados. Los había visto muy bien cuando los había clavado en nuestra proa para arrastrarnos por los traicioneros bancos de arena, que a veces rodeaba u otras simplemente cruzaba por encima. Se decía que la complejidad del puerto era lo que había inspirado en primer lugar a los deneskanos para asociarse con las bestias y así hacer viable el transporte marítimo. Pero lo cierto era que también había oído otras muchas historias sobre los orígenes del Bestiario.

Una vez la serpiente soltó el barco, la mayoría de los pasajeros, claramente agotados después de un largo viaje por mar, se apresuraron a preparar el equipaje y a sí mismos para el desembarco, pero yo me quedé en la barandilla, con la esperanza de ver las distintas partes de la serpiente. No obstante, la criatura se zambulló en el agua con presteza. Tenía mis dudas de que fuese una de las famosas bestias, pero mientras recorría la eslora del navío vi que entraba a puerto otro barco, al que lo más seguro que tuviese que ayudar, y lo cierto era que nunca había oído hablar de una serpiente así. A pesar de todo, tengo que admitir que estaba dando por hecho demasiadas cosas y no había llevado a cabo un análisis detallado.

Otra maravilla me sorprendió mientras me dirigía a tierra firme. ¿Había hablado de las montañas con poco entusiasmo? Pues ahora captaban toda mi atención; se alzaban más altas de lo que creía posible, como si estuviesen a punto de derrumbarse, desequilibradas. No, no derrumbarse. Lo cierto es que parecían estar flotando. La poca lógica de la imagen me hizo contemplar los picos uno a uno mientras me preguntaba si podría divisar la corona del kraken entre ellos, aunque sabía que estábamos demasiado lejos de la capital y que la criatura, a pesar de ser enorme entre los de su especie, era muy pequeña para sobresalir por detrás de las montañas.

Las supersticiones me hicieron estremecer, pero luego volví a mirar las montañas más cercanas. Era una dadivosa demostración de la gran importancia de la experiencia personal, ya que comprendí de inmediato la razón por la que los deneskanos tallaban las alturas en sus confusos mapas, pues la cartografía dibujada que yo había estudiado hasta el momento no hacía honor alguno a esas enormes masas de tierra.

Aunque también echaba de menos mis dibujos. ¡Esos colores! No sabía si se debía al contraste, pero las enormes masas de tierra grises de encima hacían que el verde esmeralda de la vegetación luciese muy intenso y brillante. También podía deberse a la luz. ¿Era porque se proyectaba horizontalmente contra la pared de roca? O puede que los colores fuesen de por sí más vívidos, reales y bellos.

Y a pesar de todo, los deneskanos no pintaban muy a menudo, o al menos no existían maestros reconocidos del oficio que fuesen de aquel lugar. Los edificios que vi eran todos del color de los materiales con los que se habían fabricado, de madera o de piedra, menos los cristales, que a veces estaba coloreados con un atisbo transparente de rojo o azul. No, los deneskanos usaban los colores en sus telas, otra de las cosas que sabía de antemano antes de embarcarme a ese lugar y que me sorprendió de nuevo al llegar a la casa de invitados que había preparado la embajada para mí.

(Soy parca en detalles con la insignificante logística de la llegada. Por suerte, había gran cantidad de carros tirados por burros. Hice la maleta con cuidado, a sabiendas de lo dificultoso del viaje y de las condiciones inestables, pero aun así me resulto incómodo cargar con las maletas y el viaje se me hizo largo. Me pregunté si esos burros de patas blancas que tiraban del carro no eran quizá un conglomerado y me inquietaban las penurias que tendrían que pasar para atravesar las calles estrechas, pero eran animales pequeños y bien pensado resultaba improbable.)

La casa de invitados era una estrella de fachada blanca que se encontraba en una calle tranquila. Atravesé el pequeño recibidor de la entrada y volví a encontrarme al aire libre: un patio grande pavimentado con piedras limpias y grises. A pesar de encontrarse al aire libre y de tener también un saliente de un brazo de longitud, todo sea dicho, las paredes estaban cubiertas con alfombras y telas de colores muy intensos y patrones extraordinarios. Fui incapaz de contenerme y empecé a deambular a paso hipnotizado por el lugar mientras los miraba de uno en uno y mi anfitriona, una mujer esbelta de edad incierta, esperaba pacientemente en los divanes que había en mitad de la estancia.

—Son excepcionales —le dije, en parte para intentar expresar mi admiración y también para explicarle mi extraño comportamiento—. Unas piezas fantásticas.

—Vaya —dijo ella, al tiempo que batía las pestañas en lo que parecía un gesto de placer provocado por la alabanza. Luego continuó—: ¡Qué bien habla el deneskano!

Yo también me sentí halagada por sus palabras, ya que había trabajado muy duro durante mis años en la Academia. Después del intercambio de cumplidos, nos dispusimos a tomar un té y a comernos unos pequeños pasteles con forma de estrella que me indicó que recibían el nombre de «brillitos». Me quedé muy satisfecha con la manera en la que mis palabras formaban oraciones y bailoteaban al salir de mi lengua, con el ritmo gentil de la conversación, con el hecho de estar hablando deneskano. Y justo en ese momento se oyó un zumbido provocado por un desplazamiento de aire. Ambas alzamos la vista, aunque yo fui la única que me cubrí. El patio solo dejaba al descubierto un poco de cielo y, a medida que el ruido se incrementaba, vi un destello marrón a rayas grises que mi mente interpretó como la punta emplumada de un ala gigantesca.

—¿Eso era...?

No estaba segura de cómo terminar la pregunta.

—Un kestrel, sí. —La voz de la dama Zilun tenía un atisbo de orgullo y hasta de petulancia—. Mensajes del ducado, lo más probable. Ese kestrel suele pasar sobre nosotros cuando se lanza desde las montañas.

«¿Y es real?», quise preguntar. O «¿Cómo es posible?». Pero me dio la impresión de que verbalizar mi sorpresa me alejaría de la mujer y tiraría por tierra el artificio que había conseguido al hablarle en un deneskano casi perfecto. Recordé el axioma de Vered: «Haz preguntas insignificantes y fáciles de responder, formula cuestiones de las que sepan la respuesta y a las que estén acostumbrados». Decidí seguirlo y pregunté:

—¿Cuántas personas...? —No estaba segura de qué verbo usar—. ¿Cuánta gente es?

—Si se trata del kestrel del ducado, hablamos de nueve. —El mismo tono cargado de júbilo—. Algunos kestrels son menos, pero el ducado no escatima en gastos.

Mi corazón empezó a latir desbocado a causa de la sensación de descubrimiento.

—¿Y cómo las eligen?

Vi de inmediato en su rostro que la pregunta había sido demasiado obvia.

—¡Pues la gente se presta voluntaria, claro! —Me miró como si acabase de dejarle claro que era poco más que una cría, porque acababa de hacer una pregunta propia de una cría—. Pero no todos los que se prestan a ello consiguen una plaza. A veces se prueban dos o tres combinaciones antes de encontrar a los más aptos.

Asentí, me contuve para no hacer más preguntas y me consolé pensando en que los próximos días tendría tiempo de saciar mi curiosidad. Tuve cuidado, porque quería que la mujer se olvidase de que yo era diferente. Pero el error incrementó mi agotamiento y, poco después, le pedí permiso para retirarme a mi habitación, que resultó ser muy cómoda y donde cené en soledad.

Partí camino a la universidad la mañana siguiente, con una expectación acentuada por lo nuevas que me resultaba las calles, las formas de las casas y las extrañas prendas con las que se vestían las personas que pasaban junto a mí. Me detuve junto al escaparate abierto de una pastelería para hacerme con dos pastelitos esponjosos llamados barcitas y llegué a mi destino ansiosa y llena de dulces.

Sin embargo, la primera semana sin duda fue lúgubre y frustrante. El profesor Laskin, con el que me había comunicado por carta y quien había tenido la deferencia de elegir para mí la habitación, intentó ser de ayuda, aunque parecía muy sorprendido de que yo fuese mujer. Me presentó a los profesores encargados de mi consulta y me ayudó a comprender el sistema poco habitual de la biblioteca.

Pero mis preguntas eran básicas y esenciales, ajenas para esos expertos académicos deneskanos que estudiaban el Bestiario. Era como si les preguntara por qué existían los árboles o cómo crear rocas. Para ellos, las bestias eran un hecho y estudiaban su historia o intentaban descubrir si las que se mencionaban en las famosas baladas eran verdaderas o se exageraban. Yo quería comprenderlas. O presenciarlas. El primer día en el patio de la casa de invitados había visto, si es que era cierto, a personas que volaban por los aires con sus alas emplumadas. Tenía que saberlo.

Más que eso, ansiaba comprenderlo con la profundidad que solo se consigue con la práctica, pero los profesores solo me mandaban textos y clases. Cuando pregunté la posibilidad de unirme a una bestia, se lo tomaron con sorpresa.

—Las mujeres son mucho más apropiadas para la posición de la cabeza —me dijo el profesor Laskin—. Y eso requiere una experiencia considerable.

—Pero cómo pueden conseguir experiencia si...

—Empezando por las bestias más pequeñas y luego pasando a la grandes. Ayudándolas, y esa clase de cosas.

—Me encantaría empezar por la bestia más pequeña que me pueda proporcionar —le aseguré—. O ayudarlas sin incorporarme...

—Cohesionarte —me corrigió, pero no pareció demasiado dispuesto a ayudarme a encontrar un lugar entre las bestias.

Fue un profesor, un anciano del departamento de Biología, quien me dijo que no creía posible que alguien que no fuese deneskano se cohesionara con las bestias, momento en el que me di cuenta de que era muy probable que eso fuese lo que creían todos.

—De ser así, ¿no sería un experimento fascinante? —sugerí. Pero él se limitó a reír.

Era desalentador. Sin duda, sería aceptable que yo regresase a casa con el mismo tratado abstracto que habían escrito mis pocos predecesores en sus visitas, amenizado con tantos bocetos de la serpiente y del kestrel como fuese capaz de dibujar. Pero yo quería conseguir algo más. Esperaba, quizá, llevarme conmigo el secreto de esas maravillosas criaturas para que nuestro país también se beneficiase de su fuerza. Y, en mi opinión, los distinguidos decanos de la universidad que habían aprobado mi solicitud también lo esperaban, aunque no me lo hubiesen comentado. Si era imposible... Pero no descubrirlo sería incluso peor que hacerlo, ya que significaría que no había sido capaz de intentarlo siquiera.

Empecé a pensar en buscar a las tripulaciones de las bestias y suplicar que se me dejase ayudar u observar, pero el problema era que no sabía dónde encontrarlas.

Volví al puerto varias veces para ver la serpiente, pero no conseguí averiguar dónde se transformaba ni cuáles de los muchos trabajadores que llegaban a los muelles por la mañana formaban parte de ella. Gracias a los textos, sí descubrí que las tripulaciones de las bestias tenían que dejar un tiempo, llamado aislamiento, entre cohesiones. Con esa información y un pequeño telescopio, conseguí distinguir desde un asiento que había en uno de los embarcaderos menos usados, al menos dos serpientes claramente diferentes, que al parecer se turnaban en días alternos para trabajar.

Los kestrels eran menos accesibles, ya que volaban directamente hasta la casa ducal y se decohesionaban allí, ocultos y protegidos por la burocracia que representaba la ujier del kraken en Kassel.

En ese momento ya había leído lo bastante como para estar segura de que los burros que tiraban de los carros no eran bestias en el sentido deneskano, y me sentía algo perdida, sin saber muy bien dónde encontrar más información. Hasta que una noche tuvo lugar un incendio a tres calles de la casa de invitados. Se dio la alarma a voces y la dama Zilun y yo salimos a toda prisa para ver si podíamos ayudar en algo. Las llamas eran muy fuertes y las paredes se ennegrecían casi a simple vista. El calor nos impidió acercarnos y, en ese momento, descubrí que no era solo el calor, sino un viento muy fuerte. Un instante después vi que las alas y el cuello que descendían pertenecían a un...

Era un dragón. En Aouwa no existen los dragones, y siempre había creído que era una característica universal de la especie. Había dado por hecho que las referencias a los dragones en los anales del Bestiario eran metafóricas o exageradas y que en realidad se referían a grandes lagartos.

El dragón que apareció frente a mí era azul y cobrizo a la luz de las llamas y, cuando rugió, el aliento de aire helado estuvo a punto de tirarme al suelo. Extinguió el fuego como una mano firme que lo aplastara contra el suelo. En la repentina oscuridad solo fui capaz de discernir los movimientos de la bestia, soplando entre las cenizas con mucho cuidado de no derrumbar las estructuras que quedaban en pie. Oí el estruendo de un aliento, uno más contenido de temperatura gélida para extinguir las brasas restantes. La gente que me rodeaba no parecía asustada ni sorprendida, y empezó a acercarse al dragón de inmediato para darle las gracias. Unos instantes después, la enorme sombra reluciente de la criatura se alzó a los cielos y oí el batir de sus alas.

Me sentí sin aliento y tardé algo de tiempo en recuperar la compostura. Por suerte, la dama Zilun me ofreció tomarnos un té con crema caliente para calmarnos después de tantas emociones, lo que me granjeó el tiempo necesario para formularle una pregunta verediana. Aunque al principio solo reuní el coraje necesario para comentar:

—Es una bestia impresionante.

—Sí que lo es —convino—. El distrito lo usa a tiempo completo, ¿sabes? Sé que hay muchos lugares en los que los dragones solo trabajan como voluntarios, pero es en momentos como este cuando más los valoramos.

Era una respuesta que me dio un tema de investigación al que dedicarme en la biblioteca y decidí seguir con la conversación en lugar de hacerle la pregunta que tenía preparada.

—¿En serio? Dejar que los dragones sean voluntarios me parece...

Estuve a punto de decir «insensato», pero mi cerebro se detuvo a tiempo y me quedé en silencio antes de terminar la frase.

—¡Sí que es estúpido! —La dama Zilun parecía muy contenta al descubrir que yo estaba de acuerdo con ella—. Sobre todo en las costas.

«¿Por qué sobre todo en las costas?», me pregunté. Pero a ella parecía resultarle obvio.

—Es un exceso de confianza —continuó—. Pero, aunque solo fuese para extinguir incendios como ese, merece la pena tener un dragón robusto, bien entrenado y cohesionado.

Tragué saliva.

—¿Conoces a algunos de sus... componentes?

—¿De quién? ¿De Integumento? —Se quedó pensando, lo que me sorprendió. En mi caso, tenía claro que si llegaba a conocer a alguien que formase parte de un dragón, era un hecho que no se me olvidaría con facilidad—. Mmm. Pues uno de los antiguos estudiantes de mi hermana fue la Cola hace un tiempo, pero creo que lo ha dejado y no conozco al nuevo. Pero he visto a las Alas de Integumento por el mercado, así que tienen que vivir cerca.

Me aseguré de estar muy atenta durante mis posteriores visitas al mercado, pero no tenía ni idea del aspecto de las Alas y nunca estuve segura de haberlas visto.

Y luego, un día, me desperté, me bañé, me vestí y salí de la casa de invitados para luego volver a entrar y dirigirme, inquieta a causa de la conmoción, hacia el patio en el que la dama Zilun terminaba su tranquilo desayuno. No encontré las palabras ni la pregunta adecuada. Estaba segura de que Vered nunca se había enfrentado a una situación así.

—¿Qué ocurre, querida? —me preguntó. Luego, al ver que era incapaz de articular una respuesta coherente y después de señalarle hacia el exterior, la dama miró con poco más que un leve fruncimiento de ceño el enorme caballo rojo oscuro que se alzaba sobre los muelles. Después relajó el gesto—. Ah, sí. Creo que vendrá pronto un emisario de Welfes. Seguro que ya han visto el barco. —Resopló—. Al ujier del ducado le gusta pasear los colores de la valerosa Kassel, pero al embajador le da igual. Solo están de paso para ver al kraken.

Yo era de la opinión de que cualquiera quedaría impresionado por ese monstruo.

—¿Ese caballo es... el ujier del ducado?

Me dedicó una mirada incrédula y contemplé el momento justo en el que recordó que yo no era deneskana.

—No, claro que no. El ujier del ducado es el Corazón, pero... Vaya, olvidaba que aún no habías visto a nuestra bestia municipal. —Arrugó la nariz—. Siempre me ha dado la impresión que es muy poco práctica, ¿sabes? Está obligada a permanecer en la costa. ¿Y si quisiésemos algo con lo que enfrentarnos a una amenaza del interior? ¿O en alta mar? Es verdad que para eso tenemos a las serpientes, pero...

Mientras hablaba, miré la bestia, que se había girado para contemplar el horizonte sobre el océano, y descubrí que en realidad solo se apreciaba la mitad frontal de un caballo, ya que el resto permanecía bajo el agua. ¿Tenía la otra mitad con forma de pez, quizá? Sí que parecía poco práctica, pero evité comentarlo. Recordé que mientras que yo me quejaba con libertad de los errores del sistema de tranvías de Noudra, prefería que los extranjeros lo alabaran como la maravilla que era.

Me dirigí al puerto, un tanto embotada aún por lo irreal de la imagen. ¿Por qué ir a la universidad cuando lo que quería comprender estaba justo delante de mí? Llegué justo cuando el barco welfesiano entraba al muelle. El medio caballo lo vio desde las alturas y luego empezó a nadar a su encuentro. En ese momento le vi la cola, las escamas y aletas que emergieron a la superficie. Puso un enorme casco en la cubierta, con tanta suavidad que el barco casi no se agitó, y después el caballo cambió, se comprimió y desapareció, dejando la cubierta más abarrotada de gente de lo que lo había estado hacía unos instantes.

Me quedé mirando hasta que el barco echó el ancla y el pelotón de abordaje zarpó en dos botes de remos: el ujier del ducado que escoltaba al embajador. El caballo no volvió a aparecer y cada vez me costaba más imaginarme cómo iba a escribir un artículo académico para convencer a los colegas sobre lo ocurrido. Pero que otro académico los convenciese era menos importante que documentarlo, así que esa tarde usé parte de mis valiosas existencias de papel y tinta y lo redacté como buenamente pude. Los deneskanos tallaban sus escritos en madera, por lo que era difícil conseguir los suministros que usaba yo.

De no haber sido por la llegada a la universidad de la académica itinerante Lusufil, eso habría sido lo más cerca que habría estado de las bestias, y los resultados de mi investigación habrían sido tan lentos y objeto tanto de escepticismo como los de cualquier otro académico en la materia. Me encontré con ella un día en el recibidor, ataviada con el más aterciopelado de los tonos púrpura, y cuando empezamos a hablar le conté los motivos de mi investigación.

Que yo sepa, el oficio de académico itinerante es una innovación propia de Denesk. Es alguien que no trabaja para una universidad en concreto, sino que viaja entre ellas y también pasa tiempo en pueblos pequeños. Después de observar a ese tipo de académicos en sus visitas, llegué a la conclusión de que las universidades los apreciaban por transportar ideas y noticias (y cotilleos) de una institución a otra. Lusufil me explicó que durante el tiempo que pasaba entre una universidad y otra, en los pueblos, explicaba algunas de sus investigaciones recientes a los lugareños y, aunque podría parecer que su papel era enseñar o dar buena fama a las universidades, lo hacía porque aprender de los pueblerinos era mucho más importantes para ella. De esta manera se aseguraba de que las universidades individuales no se quedaban muy atrás con respecto a sus colegas y también de que los académicos de Denesk no se convertían en un grupo homogéneo, cerrado a los que tenían la vocación.

Llevaba hablando con ella poco tiempo, el suficiente como para encontrar una mesa y pedir té con pasteles de capullos de rosas, pero Lusufil me tocó la mano y me aseguró que yo necesitaba continuar con mi investigación fuera de la ciudad.

—Y resulta que conozco un lugar al que podrías ir —me dijo—. Hay una bestia en Vulup a la que hace falta un miembro de su tripulación durante un corto periodo de tiempo. Es un pueblo pequeño —añadió al comprobar con acierto que el lugar no me sonaba de nada—. Está al norte. Por la costa.

—¿Y...? ¿Y de verdad sugieres que puedo formar parte de la tripulación?

Una pregunta muy mal formulada que habría dejado conmocionados a mis profesores.

—¿No es eso lo que quieres? —Parpadeó—. Ten en cuenta que no es trabajo, al menos no en el sentido que creo que se le da a la palabra en Aouwa. Es una bestia voluntaria. Ocasional y a la que no se le paga.

(Casi ni le presté atención a la última parte. Me daba igual.)

—No soy deneskana. ¿Podré... cohesionarme?

—¡Esa es una pregunta excelente y me gustaría conocer la respuesta! Me escribirás para contármelo, ¿verdad?

—Pero... ¿cómo?

—Pues de la manera habitual. Ah, te refieres a cómo conectar. —Lusufil sacó un cubo de mensajes del saco y empezó a tallarlo con el cortaplumas más ornamentado que yo había visto jamás. Le dio vueltas a medida que iba llenando todas las caras—. Puedes usar esto como carta de presentación en mi nombre. Tienes que encontrar a... —Titubeó unos instantes mientras intentaba recordar un nombre o sopesaba las posibilidades—. A Bidren. Es la Cabeza.

—La... Cabeza. —Consciente de mi ignorancia, intenté pensar en preguntas veredianas, investigaciones fractales, debates fructíferos o cualquiera de los conceptos ligados a la investigación académica que había aprendido, pero fue inútil. Después recordé que Lusufil también era académica. ¿Podría hablar con ella de manera más directa?—. He investigado sin descanso, pero aún no he comprendido en qué consiste formar parte de una bestia.

Me refería a que no tenía ni idea de los pasos a llevar a cabo ni de los prerrequisitos para conseguirlo, pero ella se limitó a resoplar y dijo:

—¡Por eso quiero darte esta oportunidad! Y también porque ellos necesitan a alguien, claro. Es un tejón y se usa para excavaciones esporádicas. Necesitan una Digestión, ya que la habitual dará pronto a luz.

Alcé la vista del té.

—Pensaba que las mujeres solo ocupaban el puesto de la cabeza.

Ella soltó una risilla.

—En estas ciudades en las que hay más personas y menos bestias, bestias emocionantes y prestigiosas, se puede elegir dónde colocar a cada miembro de la tripulación. Pero en los pueblos se limitan a adaptarse a lo que tienen.

—¿Y esa mujer volverá a su plaza una vez nazca el bebé? —pregunté, con más cautela. Había leído que las mujeres participaban rara vez después de tener hijos, pero debo admitir que en ese momento, ahora que el cometido de mi viaje se encontraba al alcance de mi mano, empecé a sentir un impropio acceso de pavor.

«¿Y si era una trampa para encerrarme para siempre en la piel de una bestia...?»

—Sí, sí. Es algo que no se podría hacer con una bestia de urgencias, como un dragón o un kestrel, ya que nunca se sabe cuándo es necesaria la cohesión. Pero el tejón solo se usa para excavaciones planificadas. Pozos y esas cosas.

Podía elegir entre pasar veinte horas en el ferrocarril, que daba un buen rodeo para pasar por la estribación de Zwent, o pasar doce en lo que me comentaron que era un «busé» que recorrería la costa de la manera más directa posible. Me decanté por la última opción sin tener muy claro qué estaba eligiendo. Resultó que el vehículo era similar a un tranvía, pero más redondeado y vacío en los lugares donde esperaba que almacenase combustible o vapor. En lugar de eso, cuando era la hora de partir, un monje que se encontraba sentado en la parte delantera junto al conductor activó un pequeño metrónomo, y el vehículo empezó a desplazarse. Más tarde descubrí que había un monje ataviado con la misma ropa en la parte de atrás. Posteriormente, intentaría preguntar sin éxito sobre ese curioso medio de transporte, pero nunca recibí respuesta satisfactoria alguna.

Un viaje lejos de una gran ciudad habría sido todo un regalo para una investigadora extranjera como yo, sin embargo, no era algo que estuviese deseando. Un recorrido de doce largas horas para llegar a un lugar desconocido, reunirme con una persona desconocida y llevar a cabo una tarea desconocida que podía terminar siendo imposible para mí. No podía empezar a imaginar siquiera cuál sería la secuencia de acciones que llevaría a cabo hasta terminar el viaje, por lo que esperaba pasarme el trayecto muy inquieta.

No obstante, el extraño y rítmico movimiento del vehículo consiguió tranquilizarme, y tanto mi vista como mi imaginación quedaron prendadas del paisaje que atravesábamos. De alguna manera, ya me había acostumbrado a las montañas durante las semanas que llevaba en la ciudad, pero ahora que no había edificios alrededor volvieron a sobrecogerme. Cuando miraba hacia el otro lado, y detrás del soñoliento perfil de una anciana muy arreglada ataviada con ropas de un intenso verde esmeralda, atisbaba a ver las orillas del océano, tanto de piedra como de arena. La mujer que tenía frente a mí se bajó en Koll, y el asiento se quedó vacío durante un buen rato, hasta que una familia subió al vehículo en un pueblo del que no recuerdo el nombre y un hombre se afanó por mantener entretenidos a sus dos hijos pequeños. Terminó por rendirse y luego se dedicó a mirar por la ventana mientras su mujer los distraía desde el asiento de enfrente. Me giré hacia el otro lado y volví a contemplar las irregulares montañas.

Unas horas después, levanté mi contraído cuerpo del asiento y me tambaleé al exterior en Vulup mientras le dedicaba un saludo al impertérrito monje.

Era bien entrado el atardecer. Bajé del vehículo en una frondosa campiña que descendía hacia el rumor del mar y, en la distancia, tres puntos de llamas rojas en línea insinuaban que se trataba de la calle principal del pueblo. A medida que me acercaba, las luces iban quedando bloqueadas por las enormes sombras oscuras de las casas en patrones cambiantes.

No estaba habituada a llegar de noche a la casa de invitados de Kassel, ya que la dama Zilun era una persona tranquila y yo prefería descansar después de los descubrimientos de todos los días. No obstante, era indirectamente consciente de que había una sociedad nocturna que se reunía alrededor de hogueras públicas, pero nunca me había decidido a experimentarla. Después de mi largo viaje, estaba cansada y dolorida, pero las multitudes que se reunían alrededor de cada fogata me fascinaron y no pude evitar frenar el paso para contemplar grupos de mujeres, hombres y hasta niños que hablaban, bebían y comían al amparo del calor del fuego. Pasé junto a una segunda hoguera en la que dos mujeres y un hombre tocaban diferentes tipos de tambores mientras otro bramaba una canción, cuyas estrofas me dejaron absorta hasta que recordé preguntar en la parte de atrás del público por una casa de invitados en la que pasar la noche.

La habitación era más pequeña y húmeda que la que me había ofrecido la dama Zilun, pero lo cierto es que recuerdo poco de ella. Me quité la ropa de viaje sudada, me metí bajo las mantas de una cama estrecha y me quedé dormida al ritmo de los tambores y del oleaje.

Por la mañana oí cómo tocaban en la puerta de la habitación, y un joven que parecía acabar de salir de la adolescencia empujó al interior un carrito de varios pisos coronado por un juego de té y colmado por un sinfín de opciones para desayunar. Me quedé encantada, y eso sumado a la fresca brisa marina que entraba por la ventana me hizo sentir que abandonar la ciudad había sido muy buena idea y una decisión responsable. Fue eso lo que me dio el coraje suficiente para preguntar dónde podía encontrar el tejón, no sin un titubeo. El joven no mostró sorpresa alguna, como si le hubiese preguntado por la mejor tetería de la zona, y me dijo que tenía suerte, ya que era día de prácticas.

—Obviamente, no pueden practicar como es debido, ya que Lefwen está indispuesta a la espera de dar a luz y no sería de recibo que la bestia trabajase sin facultades digestivas. —Me dedicó una mirada de complicidad—. Pero estará por la hoguera intermedia montando alboroto, planeando e intentado reclutar a una Digestión provisional.

Me asaltó otra duda: ¿si era un puesto que nadie quería, se aprovecharían de una inocente extranjera como yo?

—¿Por qué no te presentas tú? —pregunté con franqueza impostada para mantener a raya a la inquietud que sentía.

—Oh, no soy tan mayor —dijo, con los ojos abiertos como platos—. Además, espero trabajar en una serpiente algún día —añadió en voz más baja—. Pero en ese caso no sería a tiempo parcial, como es el caso de Discanto.

—¿Cómo?

—Discanto. El tejón. Solo incorpora cuando se la necesita. En cambio, las serpientes tienen que salir todos los días para pescar.

Y con el cabeceo animado de alguien que ha hablado con claridad y sin dejar tras de sí ningún atisbo de confusión, empujó el carrito y me dejó sola con el desayuno: pasteles de un marrón liso que tenían cierto sabor a galletas de sorgo pero no lo eran.

La brisa marina era mucho más notoria en ese lugar que en la ciudad, por lo que me abrigué y me aventuré a examinar el pueblo a la luz de la mañana. Un vistazo superficial me habría bastado para confundirlo con cualquier pueblito de Aouwa, casas de madera con tejados inclinados, pero los cimientos eran de piedra y se elevaban hasta la altura de la cintura. También estaban las montañas, presentes cada vez que giraba la cabeza en dirección contraria al mar. Y las hogueras, que no eran tan llamativas a la luz del día, pero seguían ardiendo un poco y calentando para guarecer del frío.

Había cuatro personas en la parte septentrional de la hoguera intermedia, y me acerqué a ellas mientras sentía la fuerte brisa matutina y las manos empezaban a temblarme ahora que comenzaba a darme cuenta de lo perdida que estaba.

—Busco al... al tejón.

El hombre más corpulento se giró hacia mí, con hombros anchos y musculosos.

—Pues lo cierto es que yo no veo ninguno por los alrededore’.

(He intentado representar el acento rural de Denesk con esta ortografía. Sin duda es inadecuado, pero me gustaría dejar constancia de que el idioma era algo más complicado de comprender que en Kassel y, por lo tanto, me sentía mucho más insegura.)

—Tranqui, Swanwith. Yo me encargo —murmuró una mujer un poco mayor que yo que apareció frente a las trenzas bamboleantes del hombre—. Él e’ las Pata’ Delantera’ —explicó, con un gesto en la mirada que me dio la impresión de ser reflejo del enfado y la resignación que sentía por su compañero. Después me llevó hasta el otro lado de la hoguera—. Yo me llamo Bidren, la Cabeza del tejón Discanto. —Se hizo una pausa en la que sabía que debería de haberle dicho mi nombre, pero tenía claro que nada más abrir la boca se daría cuenta de que era aouwana. Titubeé, y la mujer continuó como si saber con quién hablaba fuese algo secundario—. ¿De qué quería’ conversar?

—Me han dicho... que hay... La académica Lusufil me comentó que te preguntase por la plaza disponible...

—Ah. ¿Quiere’ unirte? —Bidren me miró con una mezcla de placer y apreciación. Era una mujer compacta, de músculos marcados y notorios, y al parecer no le preocupaba mi opinión sobre ella. Una mujer competente, de las que me gustaban. Empecé a alegrarme por la posibilidad de trabajar con ella—. Eso sería... Llevamo’ semana’ buscando a alguien y estamo’ cansado’. Por eso Swanwith se puso así. Creyó que te estaba’ burlando. Pero ¿estará’ por aquí todo el tiempo que Lefwen esté ausente? Serán mese’.

—Sí, yo... —Me quedé en silencio, incapaz de repente de comentar que estaba llevando a cabo una investigación sobre ellos. Pero sabía que tenía que hacérselo saber. La universidad había sido tajante al respecto—. Soy... una académica que investiga sobre las bestias.

—Ah. —No sonó ofendida, sino un tanto curiosa—. ¿Por qué?

Me afané por encontrar las palabras para explicar que lo hacía porque eran maravillosas, extrañas y nadie las comprendía, pero no fui capaz, y ella hizo un gesto para que no me preocupase.

—Da igual. Ya me lo explicará’ después. Entonce’ quiere’ cohesionarte con la tripulación para investigar, ¿verdad? Vale. Pue’ no’ encantará que te una’ a nosotro’. Siempre que no sean solo una o do’ vece’. Si te va’ a quedar tanto’ mese’...

—Pero... ¿cómo puedes decidirlo con tanta facilidad? No me conoces de nada. —Bidren se encogió de hombros con gesto inquisitivo—. Soy aouwana —dije a punto de cogerla por los hombros para agitarla—. Ni siquiera sé si voy a poder hacerlo.

Eso pareció sorprenderla, al menos.

—¡Ere’ de Aouwa! El primo de un amigo fue a comerciar. Dijo que era... diferente.

—Es diferente —convine con toda la amabilidad que fui capaz—. No hacemos bestias, por ejemplo.

—Ahhhh. —Parecía haberlo entendido al fin—. ¡Por eso la’ investigan!

—Los académicos deneskanos también investigan el Bestiario. —Para ella era algo tan natural que le resultaba extraño que se estudiase—. Pero sí, intento aprender y comprender cómo sucede. ¡Y hacerlo yo misma podría ser la mejor manera de aprender! —O eso pensaba antes—. Pero soy aouwana, por lo que...

—No conozco a ninguna aouwana que se haya cohesionado con una bestia —dijo Bidren con tono pensativo—. Pero también ere’ la primera aouwana que conozco. —Me sonrió—. ¡Vamo’ a probar! ¡Reunamo’ a la tripulación!

—Pero...

Bidren había empezado a moverse. Pasó a toda prisa junto al grupo que había al lado de las brasas, atravesó un par de puertas y, en unos minutos, éramos siete y nos encontrábamos en la colina, cerca del lugar al que yo había llegado la noche anterior. El recibimiento me agobió un poco, pero a pesar de todo me di cuenta de que uno de los recién llegados era una mujer embarazada.

—Pero... vaya, tú eres...

Me había olvidado del nombre, pero la mujer, joven y alegre a pesar del peso adicional con el que tenía que cargar, me sonrió.

—Sí, normalmente soy la Digestión. ¡Ojalá eso me ayudase a digerir esto que llevo dentro ahora! —Se oyeron unas risas que indicaban que no era la primera vez que hacía ese chiste—. He venido para ayudar. Para enseñarte cómo va. Y también para darte las gracia’. Cuesta mucho encontrar a alguien que lo haga durante tanto tiempo. La mayoría quiere unirse un día para probar o para siempre, no durante el periodo intermedio que necesitamo’.

Quise tartamudear más avisos y reticencias, pero mi instinto de investigadora se sobrepuso, tal y como habían dicho mis profesores que ocurriría.

—¿A qué te referías con eso de «enseñarme cómo va»? —pregunté.

Y cuando la mujer empezó a responder, saqué la pluma y el papel. Todos se colocaron a mi alrededor, ya que el papel no era un método de escritura habitual en Denesk, y me contemplaron mientras intentaba escribir. Pero ella empezó a hablar de sentir, de contactar y de comunicarse con la bestia, lo que no tenía mucho sentido para mí. Aun así, era mucho más intenso y directo de cualquier cosa que hubiese encontrado en los registros, y me dio mucha pena cuando Bidren le tocó el hombro y le dijo:

—No lo va a entender si no lo prueba.

—Pero... —Ese día me había quedado a las puertas de decir muchas cosas, y el «pero» en deneskano empezaba a sonar extraño a mis oídos—. Pero ¿qué hago? ¿Cómo conseguiré sentirme como un tejón?

Los deneskanos se habían dispuesto a mi alrededor en lo que me di cuenta que era la posición que ocupaban en la forma del tejón. Bidren se dio la vuelta y se inclinó sobre los hombres que representaban el corazón y la columna vertebral para sonreírme.

—No te preocupe’ por lo de sentirte como un tejón. Discanto e’ una bestia con mucha historia a su’ espalda’. Ella te ayudará. Lo mejor que puede’ hacer e’ centrarte en el hecho en sí, en lo que hacemo’ nosotro’. Comeremos y luego tú digerirá’. Pero eso ya será cuando esté’ dentro. Despué’, iremo’ a cavar.

Su sonrisa era lo único que hizo que mantuviese la boca cerrada y asintiese. Y luego...

No creo que consiga describirlo mejor que todos los libros que revisé una y otra vez en la universidad.

No. Sí que puedo hacerlo un poco mejor. Al menos yo sé que lo escribo para personas que nunca han experimentado la cohesión o que ni siquiera creen en ella.

No fue instantáneo, pero tampoco llevó mucho tiempo. Fue como dar un paso al frente rápido y sin pensar o como dejar de mirar algo en la lejanía para contemplar algo que tienes delante.

No sé si me sentí como un tejón, porque no sé lo que sienten los tejones. Por esa misma razón, tampoco sé si me sentí como un sistema digestivo. Pero sí sé que el vacío me hizo gorgotear. Sé que salpiqué y que engullí y también noté que unos brazos fuertes, los de Swanwith, formaban parte de mi cuerpo y que veía a través de los ojos de Bidren, que eran los de Discanto. La comida estaba allí. Bidren se la comió y llegó hasta a mí tanto en forma física como de energía. Me dediqué a estrujarla, a comprimirla y a enviarla hacia donde tenía que ir, siempre consciente de que Discanto avanzaba por la colina a cuatro patas mientras Swanwith y las Patas Traseras, a mí espalda, se movían a un ritmo regular marcado entre ellos y la columna. Sentí la hierba y la inclinación debajo de mis duras almohadillas, pero distante, porque mi atención estaba puesta en la materia que aplastaba y en los nutrientes que extraía de ella. La comida era más compleja y tangible de lo que había imaginado. Nos preparamos para excavar. Discanto excavó, Swanwith excavó con los brazos y los hombros mientras el Corazón latía, yo me afanaba con lo que quedaba de comida, Bidren miraba y pensaba, las Patas Traseras mantenían el equilibrio y la Columna Vertebral nos conectaba a todos. Y luego sentí que todo terminaba y que nos encontrábamos sentados en una ladera, seis personas y un agujero enorme. Y Lefwen nos saludaba desde la distancia.

Bidren me acompañó a pie al pueblo.

—Debería’ beber mucho. Y también descansar todo el día. Ha sido duro. ¿Dónde te está’ quedando? Ah, en la casa de invitado’ de Nung. ¿Por qué no te queda’ conmigo? No no’ cohesionamos a menudo, por lo que no tenemo’ que aislarno’. Estará’ mejor en casa.

Podría haberla rechazado con más insistencia, pero me sentía muy revuelta y Bidren tenía una presencia muy firme y reconfortante. Explicó lo ocurrido con amabilidad en la casa de invitados y después nos llevó a mí y a mis pertenencias a una casa de madera, una con una única franja de cristal rosado en la ventana delantera. Me quedé sentada junto a la hoguera del patio durante el resto del día mientras ella me preparaba té caliente y algo de comer. Solo me levanté para ir al excusado.

—La primera ve’ es normal reaccionar así —me dijo mientras me frotaba el brazo—. Tu cuerpo sigue adaptándose a lo ocurrido. No pasará siempre.

Lo cierto era que ya me sentía mucho mejor, aunque agotada y aún maravillada.

—Ha sido tan...

Fui incapaz de terminar la frase.

—Ahora ya sabe’ por qué lo hacemos. —Bidren sonrió—. Por eso y porque lo necesitamo’, claro. Este me’ hay dos hogare’ que necesitan pozos. Descansa. Pasado mañana empezaremo’ con el primero.

A pesar de que estaba exhausta, el tiempo que tendría que esperar hasta mi próxima cohesión se me antojó interminable. Lo ansiaba como se ansían los amantes.

De hecho, las primeras semanas que pasé sin formar parte de Discanto lo único en lo que pensaba era en el momento de volver a sentir el poder del tejón, en el latir de nuestros órganos y en la flexible pluralidad de la cohesión.

Me gustaría afirmar que se trataba de un anhelo académico, pero soy consciente de que, de tener éxito en mis posteriores investigaciones, puede que haya otros que sigan mis pasos y experimenten lo diferente e impactante que son las cohesiones tal y como lo hice yo. Y ellos no contarán con la guía amable y capaz de Bidren, como en mi caso.

—E’ normal —me aseguró con voz amable—. Al principio la gente siempre quiere cohesionarse todo el rato.

Me ruboricé. Cuando había pasado quizá un mes de trabajo con Discanto, Bidren me comentó que, en caso de que hubiese alguna urgencia digestiva, era posible cohesionarse temporalmente, solo con la Cabeza y los Intestinos, por ejemplo, para salir del aprieto. Hasta llegué a pensar que quizá era algo que haríamos de inmediato y a menudo.

—Pero e’ peligroso —continuó ella—. Por esa razón, hasta la’ bestia’ de urgencia, la’ normale’, tienen regla’ para pasar tiempo aislado’ y evitar que lo’ miembro’ de su tripulación se vuelvan demasiado dependiente’ y hasta se olviden de sí mismo’. —Me sonrió con amabilidad—. Todo’ hemo’ pasado por eso. Pero tiene’ que saberlo y tiene’ que hacérselo llegar a lo’ demá’.

(Ya me había acostumbrado a la perfección al acento de Vulup y me resultaba más sencillo que el de Kassel). Bidren me hizo copiar con minuciosidad todas las normas para el aislamiento, la cantidad de tiempo necesario, la distancia, la frecuencia, y las alternativas y las excepciones.

Había mucho espacio en la casa de Bidren. Ella vivía con su anciano padre, un escultor, que a pesar de estar casi postrado en la cama, seguía creando y esculpiendo para la aldea. Lo hacía en un sofá cama que había junto a la hoguera del patio mientras bromeaba amable con cualquiera que fuese a visitarlo o a hacerle algún encargo. Tres de los hermanos de Bidren se habían mudado después de casarse, por lo que yo tuve la posibilidad de elegir entre dos dormitorios vacíos, lo que nos permitía mantenernos alejadas las veces que fuese necesario. No era demasiado, ya que las cohesiones tampoco duraban más de la cuenta.

Hasta ese momento, pensaba que ser un tejón, parte de un tejón, una criatura que siempre había tenido por innoble o como mínimo innombrable, sería una experiencia que me cambiaría la vida y a la que nunca me llegaría a acostumbrar del todo. Pero no tardó en convertirse en una forma de vida muy cómoda. Nos cohesionábamos normalmente cada tres días, a veces cada dos si era necesario hacer un agujero muy grande. Mientras, yo me dedicaba a tomar anotaciones y también acompañaba a menudo en sus quehaceres al resto de miembros de mi tripulación. Al igual que el resto de habitantes del pueblo, ayudaba a transportar las capturas de los pescadores, y así fue como conocí a Amenazadora, la serpiente marina, y a su tripulación. Acompañé a Bidren a entregar las tallas que le habían encargado a su padre o a concertar nuevos encargos, y también a Etherred, las Patas Traseras, con su educación.

Mientras que convertirme en la Digestión (y lo escribo en mayúscula como un nombre propio, tal y como hacen los deneskanos) de un tejón resultó ser un cambio bastante fácil de llevar, cohesionarme con una tripulación de desconocidos en una única entidad era muy extraño. Era como un grupo de estudio, pero... diferente. O una familia que... tenía un único propósito, pero diferentes papeles que interpretar.

Swanwith no dejó de ser brusco, pero terminó por volver mucho más cordial. No tenía paciencia para nada que no fuese excavar y a veces llegaba a ser pesado al respecto, pero también era una compañía agradable en el pub después de una cohesión, y se mostró sorprendentemente amable cuando me encontró un día en la playa y con el rostro anegado en lágrimas de nostalgia por mi hogar. No tardé en enterarme de que Guillard, el Corazón, podía ser irritantemente quejumbroso, y que Justral, la Columna Vertebral, mantenía unida a la bestia mucho más de lo que podía llegar a parecer. Etherred era joven y arrogante. Me ofrecí a ayudarlo con sus estudios y así lo hice, pero también me enteré de que era como la gravilla que siempre se colaba entre los mecanismos perfectamente engrasados de Discanto.

Fue esa irritación propia de un grupo de colegas muy participativos la que me hizo recordar la universidad, mi universidad de Aouwa. Pensé en mi grupo de estudio y en el único filólogo, que no dejaba de incordiarme y del que no podíamos prescindir a pesar de todo. Pensé en los profesores, que a veces parecían entrelazarse como los hilos de una tela sin costuras. Y a pesar de todo, ¿acaso no había visto a la académica Ifelanial menospreciando a la decana Aleolan en una ocasión y de un modo que daba a entender que tras el gesto había una larga historia de menosprecios ocultos?

Esa similitud fue la que me llevó a creer, tan pronto y a pesar de que aún no sabía nada sobre cómo se gestaban las bestias, que quizá fuese posible llegar a crear en Aouwa algo parecido al Bestiario.

Y, pese a todo, titubeé, porque los roces se me antojaban más como un fracaso de la tripulación que como una situación digna de emular. Y quizá fuese mi culpa, no la de Etherred. Recordé lo que había dicho la dama Zilun (¡hace lo que parecía una eternidad!), que había pruebas para encontrar a los más aptos para trabajar juntos. Quizá simplemente estuviesen soportando la inestabilidad que yo creaba entre ellos hasta que fuese mi momento de marcharme.

No pude evitar preguntarlo, y mis dudas volvieron a romper la ilusión de que lo comprendía todo a la perfección.

—¿Cómo es posible que Discanto tenga tantas discrepancias en su interior? —pregunté a Bidren, y ella me miró como si fuese una extranjera por primera vez en semanas.

—¿Acaso la’ parte’ que te conforman a ti no quieren cosa’ diferente’?

La certeza de sus palabras me dejó conmocionada (y recordé el corolario de Vered: para aprender, a veces uno debe admitir su ignorancia). Una parte de mí quería comer y otra parte de mí quería dormir; una parte de mí quería amar y otra parte de mí se mostraba reacia a hacerlo; una parte de mí oía el ritmo distante de la hoguera pública más cercana y otra parte de mí prestaba mucha atención a las palabras de Bidren. Y, sobre todo en ese momento, una parte de mí sabía que estaba a punto de llegar la hora de marcharme, mientras que otra parte de mí quería quedarse allí para siempre.

© Malka Older

Malka Older es una escritora, cooperante humanitaria y socióloga. Su thriller político de ciencia ficción, Infomocracy, fue nombrado uno de los mejores libros de 2016 por Kirkus, Book Riot y el Washington Post. Es la creadora de Ninth Step Station, una novela serial actualmente en Serial Box, y su antología de cuentos cortos And Other Disasters salió en noviembre de 2019. Es Profesora Asociada en el School for the Future of Innovation in Society de Arizona State University, y sus opiniones se pueden encontrar en The New York Times, The Nation, y Foreign Policy entre otros lugares.

David Tejera Expósito (1983, S/C de Tenerife, España) es un traductor literario y traductor de videojuegos de inglés a español, especializado en la fantasía y la ciencia ficción. Ha traducido obras de N. K. Jemisin, James S. A. Corey, Tamsyn Muir, J. G. Ballard y William Gibson, entre otros.