La mano de mi madre

Por Dante Luiz | Traducido del inglés por Cristina Macía


Resaltar para leer las advertencias de contenido:

Abuso, Transfobia, Descripciones de sexo

14 de marzo de 1886


Hoy voy a escribir con la mano derecha. La otra la tiene mi madre. Los dedos llevan sin obedecer órdenes desde que desembarcamos en Porto Madeira y la sal se me cae constantemente, además de otras costumbres de brujas que no encajan ya con mi vida actual como hombre. Así supe que ya no está entre nosotros: solo las brujas muertas tienen poder para poseer a los vivos. O no. Ya no me acuerdo. Hace más de diez años que me fui de Desterro y se me han ido olvidando las reglas de la magia.


En fin. Me imagino que su espíritu anhela atormentarme por última vez. Nunca aceptó que me marchara, pero soy ambidiestro y utilizo las dos manos por igual.

Ya se cansará.


17 de marzo de 1886


Pensaba que mi amada madre se conformaría con obligarme a llevar a cabo brujerías sin importancia o con impedirme escribir por un tiempo, pero me equivocaba. No hay noche que no me despierte mientras me abofetean y me tiran del pelo. A los demás marineros les parece hilarante, pero a mí me provoca unos dolores de cabeza atroces. Les he dicho que tengo sonambulismo, aunque no hacía falta mentir. Todos están al tanto del linaje de mi madre. He de reconocer que estoy furioso.


Mi madre siempre me despertaba a la hora de las brujas, ese momento en que más fino es el velo entre realidades, aunque no tuviéramos congregación. Las reuniones eran los sábados, cuando las brujas se juntaban para cantar y bailar en torno a la hoguera. En mi más tierna infancia me encantaba ver cómo crecían las llamas para formar la imagen del Dios Astado en medio del humo, pero empecé a detestar las reuniones cuando llegué a la pubertad porque la desnudez, total o parcial, era una de las normas. Por aquel entonces mi cuerpo me hacía sentir una amargura tal que me habría arrancado los pechos con las manos, aunque al final no hizo falta. La sensación de repugnancia no se ha disipado, pero el dolor de aquellas noches se mitigó en parte cuando me di cuenta de que me podía pasar cada reunión mirándoles los pechos a brujas de mi edad, y hasta a algunas mayores.


A veces extraño mi extinta magia, sobre todo la levitación. Es un don que me resultaría útil en este barco, con todo el peso que tengo que acarrear. Pero un intercambio es un intercambio, y jamás he lamentado el mío. No se puede ser hombre y bruja a la vez, y renuncié a la magia a cambio de un pecho sin curvas y una voz grave, igual que algunas brujas renunciaron a su virilidad para recibir la bendición del Dios Astado. No quedaba magia suficiente para darme la virilidad que deseaba, pero aún cuento con las manos, y hasta la fecha ninguna mujer ha tenido queja de mis dedos.


Pese a todo, espero que la posesión termine antes de que lleguemos a tierra.


20 de marzo de 1886


𝚑̶𝚒̶𝚓̶𝚊̶ ̶𝚒̶𝚗̶𝚐̶𝚛̶𝚊̶𝚝̶𝚊̶ ̶𝚚̶𝚞̶𝚎̶ ̶𝚗̶𝚘̶ ̶𝚟̶𝚒̶𝚗̶𝚒̶𝚜̶𝚝̶𝚎̶ ̶𝚊̶ ̶𝚟̶𝚎̶𝚛̶ ̶𝚊̶ ̶𝚝̶𝚞̶ ̶𝚖̶𝚊̶𝚍̶𝚛̶𝚎̶ ̶𝚖̶𝚘̶𝚛̶𝚒̶𝚋̶𝚞̶𝚗̶𝚍̶𝚊̶,̶ ̶¿̶𝚌̶ó̶𝚖̶𝚘̶ ̶𝚝̶𝚎̶ ̶𝚑̶𝚊̶𝚜̶ ̶𝚊̶𝚝̶𝚛̶𝚎̶𝚟̶𝚒̶𝚍̶𝚘̶?̶ ̶𝙿̶𝚘̶𝚛̶ ̶𝚝̶𝚞̶ ̶𝚌̶𝚞̶𝚕̶𝚙̶𝚊̶ ̶𝚢̶ ̶𝚙̶𝚘̶𝚛̶ ̶𝚌̶𝚞̶𝚕̶𝚙̶𝚊̶ ̶𝚍̶𝚎̶ ̶𝚝̶𝚞̶ ̶𝚊̶𝚞̶𝚜̶𝚎̶𝚗̶𝚌̶𝚒̶𝚊̶ ̶𝚖̶𝚎̶ ̶𝚎̶𝚗̶𝚝̶𝚎̶𝚛̶𝚛̶𝚊̶𝚛̶𝚘̶𝚗̶ ̶𝚎̶𝚗̶ A veces me olvido de que ya no puedo escribir con la mano izquierda. Creo que mi madre me ha roto la plumilla. Necesito otra.


La posesión ha ido a peor. Mi madre disfruta pellizcándome y tengo cardenales en toda la zona de la cintura. Qué ingenuidad la mía, pensar que los abusos se restringirían a las noches... Ahora también tienen lugar a la hora de comer. ¿Fue siempre así? No lo recuerdo. He olvidado mucho de mi antigua vida. Puede que esta falta de recuerdos explique por qué su espíritu es tan violento: debe de estar rabiosa al ver que no queda espacio para ella en mi mente.


Y la cosa no acaba ahí. He tenido que pedir a Damião, el grumete, que termine mi trabajo, ya que mi señora madre me está obligando a subir y bajar los codos como un pollo. Humillación pública. Típico de ella.


Nunca me había pasado nada semejante. No tengo ni idea de qué he de hacer para exorcizarla.


24 de marzo de 1886


Mi madre se ha apoderado del brazo entero. Me he tapado la mano poseída con un calcetín viejo y, con el otro, me he atado el brazo al torso para que deje de pellizcarme la pierna.


Es incómodo. Pese al calcetín y a toda la ropa mi madre se empeña en arañarme, pero al menos ya no me hace cardenales. Algunos ya son negros, sobre todo los del vientre.


No paró de arañarme cuando subí a la cubierta a beber y jugar a las cartas con mis compañeros, y también cuando intenté remendarme las camisas. Es una chiquillada. Solo quiere hacerme la vida imposible. Cada vez que me escabullía para pasar un buen rato con alguna chica, o cuando compraba cualquier nadería que paliara un poco mi desdicha, hacía levitar un tenedor y me arañaba el brazo, y no paraba hasta que iba otra vez a la tienda, devolvía lo que hubiera comprado y elegía en su lugar algo para ella.


En el lado positivo: he recordado lo que tengo que hacer. ¡Un funeral de bruja! A las brujas hay que darles descanso eterno de una manera un tanto peculiar. Es necesario dividir sus cenizas en cuatro partes iguales y entregar cada parte a uno de los cuatro elementos. Ahora solo me falta saber dónde está enterrada. Le he preguntado al capitán si podíamos pasar tres o cuatro noches en Desterro y ha accedido. ¡Por fin, un buen presagio!


Lista de la compra:

-Plumillas para la pluma (dos de punta y dos redondas)

-Una buena regla de dibujo

-Un estuche nuevo (no me va a quedar suficiente dinero)


7 de abril de 1886


El brazo atado se comportó bien todo el día, seguramente porque he vuelto al lugar donde nací en el sur de Brasil. Llegamos a Porto Rita Maria, donde me recibieron con alegría un par de chuchos adorables que viven cerca del embarcadero. Me siguieron hasta la habitación que he alquilado para unos días, pero los eché cuando intentaron comerse mi almuerzo: un salmonete frito preparado por la dueña de la pensión. La señora es mucho más exquisita que el pescado, que tiene poco gusto y demasiadas espinas. Vi rostros conocidos, pero por suerte nadie se acordaba de mí.


Fui a la mercería del viejo Gumercindo y me encontré con que había muerto, igual que mi madre. Su hijo, cuyo nombre no recuerdo, me envolvió las plumillas y un estuche de metal para los lápices. Se le habían acabado las reglas.


La isla está tan hermosa como siempre y mucho más urbanizada. Ahora hay hileras de casas y edificios portugueses, y los jardines de la plaza de Barão de Laguna están tras un elegante vallado inglés. También hay un café para ricos; no me dejaron entrar. Escupí en la puerta y también delante de la catedral para presentar mis respetos a mi difunta madre, que detestaba a los cristianos tanto como los cristianos detestan a las brujas. Confieso que por mis venas corre esa misma repulsión, aunque no tan marcada. Me recuerdo con pocos años, corriendo tras ella e imitándola cuando escupía en dirección al cura.


También he ido a ver una gruta de piedra, en la orilla, cerca del mercado central y a pocos metros de los botes pesqueros abandonados. En las afueras, me dirigí hacia una colina, hacia la calle sin nombre y sin asfalto donde vivíamos mi madre y yo. No vi a ninguna bruja del aquelarre al que pertenecía cuando aún me creía niña, pero bien es cierto que las brujas solo se dejan ver por los hombres cuando ellas quieren. Y no querían que yo las viera.


Tardé un rato en darme cuenta de que iba caminando en círculos. El solar lo ocupa ahora una casa tradicional portuguesa donde vive un farmacéutico con su esposa y sus dos adefesios de hijitos.


Seguro que la farmacia tiene deudas, porque la pareja pensó que yo era un prestamista. Le pregunté a la mujer si sabía qué había sido de la bruja que vivía allí antes y me dijo lo siguiente: murió de un mal del corazón, la quemaron con sus pertenencias y no tenía permiso para decir dónde la habían enterrado.


¿Me había echado de menos? ¿Era ese el mal del corazón de mi madre?


No a mí como persona, claro, sino a la sensación de tenerme cerca, de ejercer su poder sobre mí. Nunca lo sabré. Volví a la posada pensando que tendría que hacer como si no tuviera brazo.


Esta isla me gusta más de lo que creía. No permitiré que mi madre me la vuelva a arrebatar.


8 de abril de 1886


𝙼̶𝚊̶𝚕̶𝚍̶𝚒̶𝚝̶𝚊̶ ̶𝚋̶𝚛̶𝚞̶𝚓̶𝚊̶ ̶𝚍̶𝚎̶𝚜̶𝚑̶𝚘̶𝚗̶𝚛̶𝚊̶𝚍̶𝚊̶,̶ ̶𝚗̶𝚘̶ ̶𝚝̶𝚎̶ ̶𝚍̶𝚊̶𝚛̶á̶ ̶𝚟̶𝚎̶𝚛̶𝚐̶ü̶𝚎̶𝚗̶𝚣̶𝚊̶ Tenía dieciséis años la primera vez que mi madre me pilló entre las piernas de otra bruja. Le había metido dos dedos y le había puesto la mano izquierda en las tetas, y justo en ese momento le dio por aparecer a la muy arpía. Me sacó de allí a rastras por el pelo y, aunque alegué que no había cosa más pagana que yacer con otra bruja, ya había tomado la decisión de castigarme metiéndome esos dos mismos dedos en un caldero borboteante. No me quedaron cicatrices (qué suerte) y no bastó para convencerme de que cambiara de actitud.


Nunca pensé que volvería a pasar lo mismo pese a los años transcurridos. Esta vez sin caldero ni bruja, pero hasta en la misma mano. ¿Y qué te esperabas?


Bien. Por culpa de los nervios, no recuerdo qué hice el resto del día... me está liando la cabeza. Acabé en una calle que no conocía de nada, donde, sin más intenciones, trabé conversación con una dama delante de un pub. Pero le debí de gustar y me llevó a su habitación. Hizo una mueca al verme el brazo atado, ¡Muy bien! Es lo menos que te mereces por tratar así a tu madre pero cambió de opinión cuando la besé en el cuello, entre los muslos, me debería haber imaginado que te daría por esas perversiones y cuando le levanté las piernas para quitarle la ropa interior mi brazo, mi brazo sano, mi brazo libre, se movió de repente para asestar un golpe a la mujer, antes de darme otro a mí en la cara y agarrarme por el cuello para estrangularme.


Una rabia incontrolable se apoderó de mí al comprender que mi madre me controlaba ya los dos brazos; hice acopio de fuerzas y me lancé contra la pared hasta que la sangre me dejó de fluir hacia las manos. Le pedí a la mujer que me atara las muñecas y le dije que sufría de convulsiones, explicación que le debió de parecer aceptable. Luego, más por orgullo que por deseo, pues ya no tenía ganas de proseguir con lo que me había llevado allí, le di placer con la boca. Salí de su cuarto con los brazos atados a la espalda como un demente y, a zancadas, fui a la posada y luego a la mercería.


El hijo del viejo Gumercindo estaba a punto de cerrar, pero le grité que quería devolver el estuche, aún sin abrir, y recuperar mi dinero. El pobre hombre se llevó un susto de muerte al verme farfullando con el estuche entre los dientes, gritando incoherencias antes de tirarle el objeto con un movimiento brusco de la cabeza. Al final me dio más dinero del que me esperaba.


He recuperado en parte el uso del brazo derecho, pero la pluma me tiembla en la mano.


9 de abril de 1886


En medio de mi cuarto hay una pala.


La robé de madrugada del patio trasero 𝚌̶𝚘̶𝚖̶𝚘̶ ̶𝚞̶𝚗̶𝚊̶ ̶𝚋̶𝚛̶𝚞̶𝚓̶𝚒̶𝚋̶𝚛̶𝚞̶𝚓̶𝚒̶,̶ ̶𝚌̶𝚘̶𝚖̶𝚘̶ ̶𝚞̶𝚗̶𝚊̶ ̶𝚋̶𝚛̶𝚞̶𝚓̶𝚒̶𝚗̶𝚎̶𝚗̶𝚊̶ del vecino del farmacéutico; era tan temprano que los gallos aún no habían cantado 𝚕̶𝚊̶ ̶𝚑̶𝚘̶𝚛̶𝚊̶ ̶𝚍̶𝚎̶ ̶𝚕̶𝚊̶ ̶𝚋̶𝚛̶𝚞̶𝚓̶𝚊̶ ̶𝚕̶𝚊̶ ̶𝚑̶𝚘̶𝚛̶𝚊̶ ̶𝚍̶𝚎̶ ̶𝚕̶𝚊̶ ̶𝚋̶𝚛̶𝚞̶𝚓̶𝚊̶ ̶𝚕̶𝚊̶ ̶𝚑̶𝚘̶𝚛̶𝚊̶ ̶𝚍̶𝚎̶ ̶𝚕̶𝚊̶ ̶𝚋̶𝚛̶𝚞̶𝚓̶𝚊̶.̶ Soborné a la esposa del farmacéutico para que me dijera 𝚊̶𝚑̶í̶,̶ ̶𝚖̶𝚊̶𝚗̶𝚒̶𝚙̶𝚞̶𝚕̶𝚊̶𝚗̶𝚍̶𝚘̶,̶ ̶𝚊̶𝚛̶𝚖̶𝚊̶ ̶𝚝̶í̶𝚙̶𝚒̶𝚌̶𝚊̶ ̶𝚍̶𝚎̶ ̶𝚕̶𝚊̶𝚜̶ ̶𝚋̶𝚛̶𝚞̶𝚓̶𝚊̶𝚜̶,̶ ̶𝚕̶𝚘̶ ̶𝚕̶𝚕̶𝚎̶𝚟̶𝚊̶𝚜̶ ̶𝚎̶𝚗̶ ̶𝚕̶𝚊̶ ̶𝚜̶𝚊̶𝚗̶𝚐̶𝚛̶𝚎̶ dónde estaba el cadáver 𝚕̶𝚘̶ ̶𝚑̶𝚊̶𝚋̶𝚛̶í̶𝚊̶𝚜̶ ̶𝚜̶𝚊̶𝚋̶𝚒̶𝚍̶𝚘̶ ̶𝚍̶𝚎̶ ̶𝚑̶𝚊̶𝚋̶𝚎̶𝚛̶ ̶𝚎̶𝚜̶𝚝̶𝚊̶𝚍̶𝚘̶ ̶𝚊̶𝚚̶𝚞̶í̶ ̶𝚌̶𝚘̶𝚗̶𝚖̶𝚒̶𝚐̶𝚘̶.

Ha dado resultado. ¿̶𝙿̶𝚊̶𝚛̶𝚊̶ ̶𝚚̶𝚞̶𝚒̶é̶𝚗̶?̶ Mi madre estaba enterrada en el cementerio, detrás de la 𝚖̶𝚊̶𝚕̶𝚍̶𝚒̶𝚝̶𝚘̶𝚜̶ ̶𝚜̶𝚎̶𝚊̶𝚗̶,̶ ̶𝚖̶𝚊̶𝚕̶𝚍̶𝚒̶𝚝̶𝚘̶𝚜̶ ̶𝚜̶𝚎̶𝚊̶𝚗̶ ̶𝚙̶𝚘̶𝚛̶ ̶𝚜̶𝚒̶𝚎̶𝚖̶𝚙̶𝚛̶𝚎̶ la catedral. ¡La catedral! 𝙴̶𝚜̶𝚘̶ ̶𝚑̶𝚊̶𝚌̶𝚎̶𝚗̶ ̶𝚌̶𝚘̶𝚗̶ ̶𝚕̶𝚊̶𝚜̶ ̶𝚖̶𝚊̶𝚍̶𝚛̶𝚎̶𝚜̶ ̶𝚊̶𝚋̶𝚊̶𝚗̶𝚍̶𝚘̶𝚗̶𝚊̶𝚍̶𝚊̶𝚜̶,̶ ̶𝚙̶𝚊̶𝚛̶𝚊̶ ̶𝚚̶𝚞̶𝚎̶ ̶𝚕̶𝚘̶ ̶𝚟̶𝚎̶𝚊̶𝚜̶ Tras una enorme estatua de la virgen María 𝚘̶𝚝̶𝚛̶𝚊̶ ̶𝚋̶𝚛̶𝚞̶𝚓̶𝚊̶,̶ ̶𝚞̶𝚗̶𝚊̶ ̶𝚖̶𝚞̶𝚓̶𝚎̶𝚛̶,̶ ̶𝚋̶𝚛̶𝚞̶𝚓̶𝚊̶,̶ ̶𝚋̶𝚛̶𝚞̶𝚓̶𝚊̶. Me dijo 𝚞̶𝚗̶𝚊̶ ̶𝚋̶𝚛̶𝚞̶𝚓̶𝚊̶,̶ ̶𝚋̶𝚛̶𝚞̶𝚓̶𝚊̶,̶ ̶𝚝̶𝚘̶𝚍̶𝚊̶𝚜̶ ̶𝚎̶𝚕̶𝚕̶𝚊̶𝚜̶ ̶𝚋̶𝚛̶𝚞̶𝚓̶𝚊̶𝚜̶ ̶ que era para tratar de purificar su alma extraviada 𝚗̶𝚘̶ ̶𝚝̶𝚊̶𝚗̶ ̶𝚎̶𝚡̶𝚝̶𝚛̶𝚊̶𝚟̶𝚒̶𝚊̶𝚍̶𝚊̶ ̶𝚌̶𝚘̶𝚖̶𝚘̶ ̶𝚕̶𝚊̶ ̶𝚍̶𝚎̶ ̶𝚖̶𝚒̶ ̶𝚑̶𝚒̶𝚓̶𝚊̶. Tuve que hacer un esfuerzo para contener la risa 𝚌̶𝚛̶𝚒̶𝚊̶𝚝̶𝚞̶𝚛̶𝚊̶ ̶𝚍̶𝚎̶𝚜̶𝚙̶𝚛̶𝚎̶𝚌̶𝚒̶𝚊̶𝚋̶𝚕̶𝚎̶.

Le di el dinero 𝚖̶𝚎̶𝚓̶𝚘̶𝚛̶ ̶𝚌̶𝚘̶𝚖̶𝚙̶𝚛̶𝚊̶ ̶𝚊̶𝚕̶𝚐̶𝚘̶ ̶𝚙̶𝚊̶𝚛̶𝚊̶ ̶𝚝̶𝚞̶ ̶𝚖̶𝚊̶𝚍̶𝚛̶𝚎̶, cogí la pala y volví a la posada.

Esta noche haré lo que me exige.


***


Horácio Dias tenía una pala, pero no en las manos, sino atada a la espalda.


Los árboles de la plaza de Barão de Laguna proyectaban su sombra sobre la escalinata de la catedral. No había nadie a la vista salvo un par de pilluelos. Tuvo que salvar el muro con las dificultades que cabe esperar en alguien que solo podía utilizar el equivalente a medio miembro de la parte superior del cuerpo, y estuvo a punto de romperse el pie izquierdo al caer al otro lado. Masculló un sacrilegio y la mano más poseída agitó los dedos en el aire en gesto de satisfacción triunfal.


Horácio lo interpretó como una burla y estampó la mano contra la lápida más próxima. Se despellejó los nudillos y derramó unas gotas de sangre. Había una estatua tamaño natural de un ángel, con un dedo apuntando al cielo, en homenaje al padre Celestino Belfort Gomes. Horácio frunció el ceño. Tal vez fuera el sacerdote con el que se metía su madre. La mano magullada respondió a los pensamientos de su hijo alzando un pulgar. Más allá, en otra lápida rodeada de jarrones de flores, se leía:


Gumercindo de Oliveira - Padre amado y tendero - 1798-1884.


Un par de ángeles más, innumerables flores secas. Horácio vio una tumba marcada con el nombre de una bruja conocida y se preguntó si tendría familia que la desenterrara. La mano volvió a moverse en el aire: no.


Fue cojeando hasta el otro lado del cementerio casi sin ver en la oscuridad y pasó de largo junto a hileras de piedra pulida hasta dar con una estatua de la virgen María. Era vieja, estaba llena de grietas y cubierta de musgo como si hubiera pasado un siglo sumergida en el mar. Las lápidas más cercanas estaban rotas, casi todas sin nombres, pero la mano lo guio hacia una piedra sencilla en la que se leía «Eufémia».


Horácio se secó el sudor de la cara, cogió la pala y empezó a cavar. Retiró en primer lugar la fina capa de hierba y siguió con una tierra que parecía negra a la luz de la luna. Cavó y cavó, y solo cayó en la cuenta de que las dos manos le funcionaban con normalidad cuando la pala chocó contra el ataúd enterrado. Los clavos de la tapa cayeron sin que los tocara.


Era magia. No la suya, claro, sino el poder que quedaba de su madre. Horácio presenció cómo el ataúd se abría para dejar a la vista un montón de huesos viejos, como si Eufémia llevara muerta mucho más de lo que se imaginaba. Los andrajos del vestido danzaron en torno a los huesos, envolvieron a la mujer muerta y recogieron el cadáver en una bolsa improvisada. Horácio arqueó una ceja y estuvo a punto de dar las gracias al Dios Astado por lo sencillo de la tarea. Lo habría hecho de no estar cubierto de magulladuras y con un tobillo torcido. Cogió la bolsa, volvió a llenar la fosa con la tierra y echó a andar.


Tuvo que caminar un largo trecho hasta llegar a la gruta de la playa. Encendió una hoguera. ¿Escucharía los cánticos del aquelarre? ¿Se formaría una imagen en el humo? ¿La de una bruja, el diablo en persona, su madre, todos a la vez? Pero no pasó nada. El fuego ardió de la manera más natural y vulgar. Cuatro horas más tarde, cuando se apagó, Horácio aplastó las brasas con una piedra hasta reducirlas a polvo y las guardó en el mismo calcetín que había utilizado para atarse.


Encendió otra hoguera para el ritual, pero las cenizas de su madre ardieron a solas. Él ya se había marchado.


Para la parte de la tierra eligió los jardines de la plaza de Barão de Laguna. «Es un lugar hermoso», pensó, ya sin cojear. Horácio se arrodillo y dejó que la mano poseída, tan tranquila ahora, eligiera un parterre para cavar un pequeño agujero y enterrar otro puñado de cenizas.


Para el entierro del aire cogió un puñado con la mano libre, y las cenizas volaron ante la catedral de Nuestra Señora del Exilio y Santa Catalina de Alejandría. Fue en parte para vengarse de su madre y en parte para burlarse de la iglesia. «Hijo de una bruja», pensó.


Regresó al barco, saludó al capitán, dio unas palmaditas en la espalda al grumete, bebió unos tragos de vino y robó una carta del mazo, todo con las manos que, poco a poco, iban recuperando la libertad perdida. Cuando el barco se hizo a la mar respiró hondo el aire salado y apretó contra su pecho el calcetín casi vacío. Fue, en cierto modo, su último acto de brujería, el último hechizo antes de dejar su antigua vida atrás para siempre.


Con aquel deseo en la mente, se inclinó sobre la popa y arrojó al mar lo que quedaba de su madre.

© Dante Luiz

Dante Luiz es un ilustrador brasileño, escritor ocasional, y director de arte de Strange Horizons. Es el artista de CREMA (comiXology, 2020), y ha aparecido en varias antologías de cómics, como en Wayward Kindred, Shout Out, y Mañana: Latinx Comics from the 25th Century entre otros.




Cristina Macía: Nació en 1965 y pronto dejó la universidad para traducir comics en Barcelona. Fue una buena decisión. Autora de libros de cocina, Organizadora de convenciones, Madre de Dragones. Traductora de novelas de género desde hace treinta años. Casada con Ian Watson desde hace siete. Esa quizás no haya sido una buena idea.


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