Los quiebres

Por Scott King | Traducido del inglés por Eliana González Ugarte

Ilustración por Gutti Barrios

4638 Palabras


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Discusión sobre el suicidio

Cuando el empleado de la tienda toma mi billete de veinte por los macarrones con queso congelados y el vino barato, apenas noto el patrón de quiebres en su rostro. Son únicos, pero genéricos, como un copo de nieve particular en un campo nevado. Especial, pero no tanto.

Cuando era joven, traté de descifrar el significado de los quiebres. Mi madre tenía uno que pasaba por debajo de su ojo derecho, cruzaba su nariz y luego se enroscaba bajo su mejilla. Era geométrico, compuesto de docenas de rectángulos superpuestos, y hacía que se viera como un androide digital, o alguna clase de viajero espacial de ciencia ficción. Indagué por años, tratando de averiguar qué en su pasado sería capaz de causar semejante quiebre, pero no pude averiguar nada.

Supongo que esa es la naturaleza de ser humano. Todos estamos rotos y, a veces, ni siquiera sabemos por qué.

El empleado me desea las buenas noches. Es un buen tipo, y nunca me acuerdo de su nombre, pero sé que tiene una hija que hace poco ingresó a Yale. Sus profundos ojos marrones parecen estar tristes esta noche… No, son sus ojos. Es la piel que los rodea. Tiene nuevos quiebres, que aparecieron desde la última vez que lo vi. Son minúsculos, en forma de V, como si un pajarito hubiera estado bailando por su rostro, dejando huellas.

Uno podría inferir que, quizás, se está quebrando por el estrés financiero de que su hija asista a una universidad Ivy League, pero es una conclusión apresurada sin saber más de la historia. Quizás su perro falleció, quizás le mintió a su esposo sobre algo importante, quizás mintió sobre algo insignificante, quizás invirtió de más en la temporada actual de fútbol y su equipo está perdiendo, empujándolo al límite. Quizás acaban de cancelar su serie de TV favorita. Ese es el problema de intentar identificar la causa de los quiebres. No puedes saber lo que ocurre al interior de otras personas, y cualquier suposición es exactamente eso… una suposición.

—¡Tu cambio! —me dice, pero ya estoy saliendo por la puerta.

—Quédatelo. Para la universidad de tu hija.

—Gracias. —Se ríe con incomodidad y sorna—. Lo necesitaré.

Me golpea el olor de la ciudad, pero no se puede comparar con la humedad. Es una de esas noches de verano en las que el aire es tan pesado que lo bebes más de lo que lo respiras. Es la clase de noche en la que esperas que un vino barato pueda ayudarte a dormir, porque el aire acondicionado no funciona y tu casero es muy tacaño como para arreglarlo.

Hay una parada de autobús al otro lado de la calle, el que tomo para ir al trabajo en las mañanas. Sentada adentro hay una persona que tendrá treinta y pico. La luz es tenue, pero casi puedo ver destellos en su rostro. Algunos quiebres hacen eso: reflejan o producen brillos con la luz adecuada. Pero lo más extraño es que los quiebres en el rostro de esta persona tienen forma. Impresa en su rostro, sobre su ojo derecho, hay una pluma que llega desde su ceja hasta su mejilla.

Nunca he visto un quiebre así.

Todos están rotos. Suele ocurrir antes de cumplir cinco años, pero incluso, cuando no pasa, nunca he conocido a alguien mayor de diez años que no esté roto de alguna manera. A veces hay quiebres sobre los quiebres. A veces sus rostros no tienen marcas, pero los quiebres aparecen en sus brazos, piernas, pecho o espalda. Nunca vi un quiebre que tenga forma o se parezca a algo.

Teniendo en cuenta que me cruzo con miles de personas todos los años, sin contar a todas las personas que veo en la TV o en vídeos, ya tendría que haber visto a alguien con uno que tenga una forma reconocible… pero no lo he visto, hasta ahora.

¿Significa algo? ¿O es mera coincidencia, como una nube que de casualidad se parece a Abraham Lincoln? Con la cantidad de seres humanos que hay, tendría sentido que alguien, en algún lugar, tuviera un quiebre con forma de algo, pero…

Mierda. Tengo que verlo más de cerca, pero el autobús llega antes de que pueda cruzar la calle y la persona ya no está.

Me convenzo de que lo más probable es que me haya equivocado acerca de la forma de pluma. Me doy el gusto al llegar a casa y bebo la mitad de la botella de vino mientras acabo todo el cartón congelado de macarrones y queso. No me arrepiento. Incluso logro dormir, aunque el aire en mi habitación parece estar hecho de la baba de un cachorrito.

Por la mañana despierto enredada en las sábanas, sudando.

Aunque odio las duchas frías, me tomo una, solo para aliviarme un poco del calor.

Mientras me seco con la toalla, veo mi reflejo en la puerta de la ducha. Es lo más cercano a un espejo que tengo. Se me da bien evitar mi reflejo, pero, a veces, se me escapa. Es fácil aceptar mentalmente que todos están rotos, pero es difícil ver el reflejo de tus propios quiebres. Son feos recuerdos de los peores momentos de mi vida y a diferencia de otras personas, yo sé la causa de todos…

La trenza torcida que recorre mi brazo izquierdo… la muerte de mi madre.

Los cráteres en mi mejilla derecha… cuando me bajaron de categoría en el trabajo.

La línea que atraviesa esa misma mejilla… la primera vez que me pusieron los cuernos.

El arañazo en mi pecho… la única vez que fui yo la que engañé a alguien.

La tela de araña en mis piernas… la vez que casi intenté suicidarme.

Los cortes bajo la tela de araña… el día que me divorcié.

Las fracturas bajo mi mentón… la primera vez que me dijeron que regresara a mi país.

Las líneas de estrés alrededor de mi cintura… de cuando me di cuenta de que nunca podría deshacerme de la capacidad de ver los quiebres.

Y la lista sigue…

Con el cuerpo desnudo ante el reflejo brumoso de la puerta de la ducha, me pregunto si todos esos quiebres no eran sino cosas que podría haber elegido… ¿así como una pluma?

Necesito encontrar a la persona de la parada del autobús.

***

Tardo siete semanas, pero al fin logro ver de nuevo a esa persona.

Sin embargo, antes de eso aparece un nuevo quiebre en mi cuerpo. Es una pulsera que rodea mi muñeca izquierda, gruesa, como las grietas en una pared de cemento pintada. Salió después de una noche horrible, en la que se me cayó la maldita pizza —hecha al horno tradicional— mientras volvía del restaurante, y me pasé llorando la noche entera, porque pensé que nunca volvería a ver a la persona con la pluma. Temía que había perdido la única oportunidad que tenía para conseguir una respuesta tras una vida entera de vivir con los quiebres sin entenderlos.

Ahora estoy aquí, unas semanas después, y la persona se sube al autobús en el que estoy, rumbo al centro de la ciudad.

Se supone que estoy en camino al trabajo, pero el momento en que la persona se sienta, sé que no iré.

Su quiebre no solo se parece a una pluma: es una pluma. No sé lo suficiente sobre plumas para identificar de qué clase es, pero es larga, como la de una péñola. El cálamo corre en paralelo a su nariz, y las barbillas se extienden hacia afuera, cubriendo su ojo. Es un quiebre hermoso.

La cuestión es que, ahora que encontré a la persona plumada, ¿qué se supone que debo hacer? No puedo acercarme así como si nada, y decir «Oye, ¿cómo apareció ese quiebre con forma de pluma en tu rostro, el que, por cierto, es invisible para todo el mundo, aparte de mí»

Sé por experiencia propia lo pervertido que puede parecer cando alguien se te acerca en el transporte público. No quiero asustarle, ni tampoco esperar hasta que baje y tener que seguirle. Conociéndome, esa sería mi suerte. Al fin encontraría a la persona y, antes de armarme de valor para decir algo, se iría. Luego habría una segunda ronda de llantos por la pizza caída y el misterio de su quiebre.

—¿Te molesta si me siento?

La persona plumosa se arrima, apuntando al asiento vacío a mi lado.

No encuentro las palabras, así que le respondo con la acción de levantar mi bolso de trabajo, que contiene mi computador, y lo pongo sobre mis piernas para liberar el asiento.

—¿Cómo te llamas? —me pregunta.

—Jai. Ella.

—Gracias, Jai. Yo me llamo Avery. Ella, —dice, y apunta hacia mi muñeca izquierda—. Me gusta tu pulsera.

Por un segundo, pienso que se refiere a mi nuevo quiebre, pero, cuando miro de nuevo, veo la pulsera plateada que he estado usando para cubrir el quiebre y no tener que mirarlo.

—Era de mi madre. —Me lo quito y le muestro el grabado en el dorso—. Es la fecha en que conoció a mi padre. Él se la dio en su quinto aniversario.

No le cuento a Avery que el brazalete fue el último regalo de mi padre a mi madre antes de que muriese en un accidente automovilístico. Yo apenas tenía cuatro años en aquel entonces y no me acuerdo de él. Mamá se lo puso todos los días de su vida hasta que murió. Yo evitaba usarlo porque temía perderlo, pero era el único que tenía que era lo suficientemente ancho como para cubrir mi último quiebre.

—Qué tierno —dice Avery—. Creo que lo único que mi padre le ha dado a mi madre es una migraña.

Se ríe y yo la imito, porque no sé qué decir y reír parece ser la respuesta social adecuada.

La conversación se detiene y siento la presión por ser la siguiente en hablar. Tengo que hacer algo. Necesito entender a esta mujer, pero no encuentro las palabras. Sin embargo, apunto a su bolso. Está hecho de tela de cinturones y cubierto con pines. Hay uno con el trasero de un corgi, una hamburguesa con queso, una fila de dados poliédricos, un gran arcoíris y algunos personajes de caricaturas que no reconozco.

—Me gustan los pines —digo.

—¿De verdad?

—Sí.

Gira el bolso para revelar aún más pines en el reverso.

—Son todos míos.

—Oh —digo, casi atragantada—. No quise decir que no eran tuyos, solo…

Ella se ríe.

—No, me refería a que yo los hago.

—¿Los haces de hacerlos físicamente?

—No…

Abre su bolso. Adentro es puro caos. Hurga entre las cosas y saca una tarjeta blanca. El nombre de la compañía Te Apiñamos está escrito con pines individuales.

—Yo hago el diseño gráfico, los pido a compañía de impresiones y los vendo. A veces me contratan para hacer pines personalizados. No es suficiente para renunciar a mi trabajo principal, pero no está mal para ser un extra.

—¿En qué trabajas? ¿Algo horrible?

Avery remanga el brazo derecho de su capucha. En su muñeca tiene un tatuaje con forma de pluma que se ve igual al quiebre en su rostro.

—Soy tatuadora. Yo diseñé este y le pedí a un amigo que me lo hiciera.

Tengo tantas preguntas, pero no sé cómo hacerlas sin parecer desquiciada, así que me limito a sonreír.

—Es hermoso.

—No lo sé —dice, y arruga su nariz—. Este es de cuando empecé. Ahora soy mejor.

El autobús se detiene.

—Mierda —Avery se para—. Esta es mi parada.

Se va y yo me quedo con su tarjeta en la mano… tan confundida por todo.

***

Llego tarde al trabajo, ya que no bajé en mi parada mientras hablaba con Avery. Mi jefe se encuentra en una reunión con marketing y ni se percata de mi retraso. Es una de las pocas personas que conozco que tienen la mayoría de sus quiebres en el cráneo. Cuando se corta el cabello, puedo verlos en su cuero cabelludo. Resplandecen como montañas congeladas en un paisaje lunar desquebrajado.

Frente a mi jefe, en la sala de reuniones, hay alguien que no reconozco. Sus quiebres le cubren el rostro por completo, como si toda su cabeza estuviera hecha de mármol. Las marcas cubren cada centímetro y hacen que se parezca a un ser del espacio exterior. Hasta donde yo sé, los quiebres así de grandes suelen sugerir que a la persona le ha pasado algo extremadamente horrible, o que está viviendo por un momento así de espantoso.

La persona gira y cuando veo su perfil, me doy cuenta de quién es. Devin, el de marketing. Pero lo vi ayer y sus quiebres no se veían así. Pueden aparecer en cualquier momento y en cualquier número, pero si algo tan severo le ocurrió a Devin anoche, debe estar pasando por algo muy fuerte, algo tan grave que, literalmente, lo rompió.

Puedo ver la puerta de la sala de reuniones desde mi escritorio, así que voy a mi oficina y mantengo los estores abiertos para ver cuándo terminan. No sé qué haré, o qué voy a decir, pero sé que debo intentar hablar con Devin.

Sé que si no hablo con él y luego ocurre algo malo, me saldrán nuevos quiebres. ¿Pero cómo se acerca uno a una persona que está en medio de romperse? Se supone que esto se me daría mejor, pero no. Apenas puedo hablar de mis propios quiebres. Hablar con otras personas sobre los suyos no es algo que sepa hacer.

—¿Pudiste terminar el informe? —Jan, la única mujer aparte de mí que trabaja en este departamento asoma la cabeza, inclinándose desde la puerta—. Debo enviarlo a Hank.

—Sí —le respondo y muevo mi ratón para despertar a la computadora—. Debe estar en la carpeta compartida, a menos que mi computadora no se haya sincronizado.

—¿Puedes comprobarlo?

—Claro.

Ingreso al servidor y reviso la carpeta compartida. El trabajo que me tuvo levantada hasta tarde está allí.

—Aquí está.

Jan se inclina sobre mi escritorio, acercándose demasiado a mi pantalla. Su nariz se arruga, y se queda boquiabierta. —Eh. No lo había visto.

—Pues allí está.

Me muerdo el labio para no decir algo más.

—Sí, gracias —dice Jan—. Mi computadora no se habrá sincronizado con el servidor.

Entorno los ojos mientras ella sale por la puerta.

En cuanto se va, miro hacia la sala de reuniones y maldigo. Ya terminaron y no puedo ver a Devin.

Para que unos quiebres cubran todo el rostro de alguien y tengan tantas capas, como los de Devin, debe estar pasando por algo serio. Eran tantos que ni siquiera lo había reconocido, y habían ocultado la forma y las facciones de su cara. Algo así es muy malo… Tan malo como «o te matas o acabas con alguien. »

Reviso el cubículo de Devin en el departamento de Marketing. No está allí, ni en la sala de descanso. Supongo que podría estar en el baño, pero no creo.

Devin se ha ido, y existen solo dos razones por las que haría eso.

Temiendo lo peor, me precipito hasta el ascensor y subo al piso más alto del edificio. Allí hay un jardincito. Se supone que podemos usarlo para meditar, pero no conozco a nadie que lo haya usado para eso. La mayoría viene aquí a almorzar cuando el día está lindo, o a fumar a escondidas.

La puerta del ascensor se abre y salgo a la terraza. Hay algunos bancos desgastados de piedra alrededor de un jardín con flores, que claramente necesitan un riego. Detrás está Devin, apoyándose en barandilla, mirando hacia la calle que se encuentra a diecinueve pisos por debajo de nosotros.

Gira, posiblemente como reacción al sonido de la puerta al abrirse, y me saluda. Parece una buena señal.

—¿Hank te envió a buscarme?

—No. —Niego con la cabeza.

—¿Hank te necesita para algo?

—Quiere que vuelva a hacer tres semanas de trabajo desde cero y lo entregue en dos días.

Cruzo la terraza y me agarro de la barandilla. El muro me llega al pecho y la baranda casi al mentón. Podría saltar por encima, pero me costaría. Esto significa que Devin también podría hacer lo mismo, ya que es más alto.

—¿Estás bien? —le pregunto.

—¿Por qué?

—No sé. Siento que algo te pasa. No estás obligado a compartirlo o contarme nada. Pero si quieres, puedo escuchar.

—¿Podemos, no sé, quedarnos aquí, nada más?

—Sí, podemos.

Así que allí nos quedamos. Sin hablar. Es como un largo silencio, pero no puedo darme cuenta de si en realidad es así de largo. El tiempo se siente diferente cuando estás en la azotea al lado de alguien que quizás quiera saltar.

—Mi prometida me va a dejar —dice, como si hubiera necesitado todo ese tiempo para armarse de valor para decirlo en voz alta.

—Vaya mierda.

—Me lo merezco, —mira hacia abajo—. Bueno, a lo mejor no me lo merezco, pero no hice nada para detenerlo. No le dediqué tiempo. Elegí mal las cosas que priorizaba. Tenía demasiados frentes abiertos y no suficientes manos para gestionarlos. Debí haber sido mejor.

—Me ha pasado y en realidad siento como que vivo así. Creo que a todos nos pasa, ese sentimiento de que no hay forma de salir del agujero.

—Tu vida es perfecta. Siempre estás tan feliz.

Me río. No es mi intención sonar tan condescendiente, pero así lo parece.

—Estás bromeando, ¿verdad?

—No, lo digo en serio.

—Mi vida es un desastre. Cuando me divorcié, pensé que era el fin del mundo.

—¿Estuviste casada? —me mira, confundido—. Nunca has mencionado a un ex-marido.

—Quizás es porque nunca tuve un marido.

—¿Entonces cómo estuviste casada?

Me pellizco la nariz y suspiro. Así se siente trabajar con alguien como Devin.

—Soy lesbiana, Devin. Tenía una esposa.

—Oh —dice, y mira a su alrededor como si se hubiera metido en problemas—. No le dirás a los de recursos humanos, ¿verdad?

—Así no es como eso funcio… —agito la cabeza—. No. No importa. La cuestión es que la vida es una mierda. Una mierda total. Te comerá, digerirá y cagará y luego volverá a comerte. Eso es lo que significa estar vivos, lo que significa ser humano.

—No me estás haciendo sentir mejor.

—Lo que digo, Devin, es que no eres solo tú. Todos estamos rotos. El mundo es una mierda. Tu situación es una mierda. Quizás sea culpa tuya, quizás no. No importa de quién sea, porque sigue siendo una mierda. Estoy segura que sientes que nunca verás la luz al final del túnel. Está bien sentirse roto. Está bien sentirse hecho pedazos y admitir que no eres lo suficientemente fuerte. No pasa nada. Todo está bien. No eres tú, es la vida. Y, a veces, la vida apesta.

Pone una mano sobre mi brazo.

—¿Te encuentras bien?

Vuelvo a reír porque fui yo la que subí para asegurarme de que él estaba bien, y ahora es él el que me consuela.

—Lo estaré —digo, sabiendo que es verdad—. Solo que a veces las cosas apestan, y al menos ahora, en este momento, no estoy en el agujero. Creo que tengo miedo de volver a caer en él.

—Desearía estar donde tú estás. No sé si alguna vez podré lograrlo.

—Podrás, y si necesitas desahogarte, llorar, o lo que sea, aquí estoy.

—Gracias.

Le da la espalda a la pared y a la barandilla.

—Debería empezar a rediseñar lo que me pidió Hank.

—Suerte.

—Gracias.

Él se va y yo me quedo.

Por un segundo, no pienso en saltar, sino en pensar sobre hacerlo. Y luego me hundo en la culpa y me recuerdo de lo que le acabo de decir a Devin.

Me siento tonta por pensar que vino aquí arriba para lastimarse, cuando lo que probablemente quería era un poco de espacio. Supongo que me equivoqué al leer sus quiebres. Es que eso es lo que tienen: puedes ver el daño, pero es imposible adivinar la causa o lo que obligarán hacer a una persona.

Se escuchan sirenas en la distancia, a algunas cuadras. Segundos después veo una ambulancia haciéndose camino a través del tránsito.

No puedo evitar preguntarme si la persona en la ambulancia se está quebrando o quizás está muriendo y aquellos que intentan ayudarle son los que se están quebrando. Pase lo que pase, habrá quiebres. Alguien, en algún lugar, se está quebrando. Es parte de la vida. Vivir es igual a quebrarse.

Quizás debería intentar vivir más y no preocuparme tanto por mis quiebres.

***

Según la tarjeta que Avery me dio, su local de tatuajes queda a menos de diez cuadras de mi oficina. Me salto la reunión que tenía por la tarde y voy para allá.

Suena una campanilla cuando entro. El local está vacío a excepción de Avery, que está sentada en una silla profesional, dibujando en un cuaderno de dibujo.

Me ve y sonríe.

—¿Me estás acosando, Jai?

Mis mejillas se van acalorando. Espero que no se pueda ver cómo me ruborizo.

—Estoy bromeando —dice Avery, tirando el cuaderno de dibujos sobre un mostrador—. Y como no pareces ser de la onda de tatuajes, ¿supongo que estás aquí por otro motivo?

—No —miento—. Estoy reee en la onda de tatuajes. Soy como la más fan de los tatús, y quiero mangas en los brazos de tatuajes tatuados, y eso.

—Iba a sugerir que fuéramos a comer algo, pero si solo quieres un tatuaje… —Avery se para y gesticula hacia la silla—. Con gusto te…

—No. Comer algo estaría bueno.

Avery vuelve a sonreír.

Caminamos en silencio por una cuadra. No es un silencio incómodo, como el que tuve con Devin en la azotea. Es reconfortante, como si las dos supiéramos que no hace falta decir algo.

Me lleva a un lugar de tacos donde pedimos del mostrador. Nunca comí un taco callejero, así que cuando es mi turno para pedir elijo el especial del día: barbacoa con aguacate, queso Cotija, cilantro, y un poco de salsa de jalapeños con lima. Nos dan un numerito y nos sentamos a la mesa.

—Sé honesta —dice Avery—. ¿En realidad pensaste en hacerte un tatuaje alguna vez?

Por supuesto que lo he pensado, y la mera idea me asusta. Sé, mucho mejor que cualquiera, cómo se siente al tener marcas visibles en el cuerpo, marcas que no se pueden borrar. Odio mis quiebres. Son feos y me dan vergüenza. Añadir más marcas permanentes a mi cuerpo me aterroriza.

—Sí. Quizás. No lo sé. —Bajo la mirada hacia las tortillas caseras—. ¿Cómo supiste cuando quisiste hacerte tu primer tatuaje?

—No soy creyente y solo quiero aclararlo desde un principio —dice ella—. Pero sí creo que hay cosas que no sabemos, que la ciencia todavía no puede probar. A lo mejor hay espíritus, o fantasmas, o ángeles, o no sé… incluso hasta puede que exista la magia.

Asiento con la cabeza, sabiendo que en verdad hay cosas que no se pueden explicar.

Ha de pensar que me estoy burlando, porque ahora es ella la que mira a las tortillas.

—Digo, nada más, que no sabemos lo que hay allí afuera.

—Lo sé.

Nuestras miradas se cruzan y yo sonrío, intentando demostrar que no la estoy juzgando.

Avery abre la boca como si fuera a decir algo, pero en eso justo llega el mozo con dos bandejas llenas de tacos. Huelen de maravilla. Avery le da un mordisco a su primer taco, que cruje, y un poquito de salsa le chorrea. Se lo limpia con el dorso de la mano.

—Nadie tiene todas las respuestas. Hay demasiadas cosas que no sabemos —dice Avery—. Pero a veces tenemos suerte y le encontramos sentido a lo desconocido. No hace mucho, me encontraba en un mal momento. Vivía en mi auto. No tenía a quién recurrir. Y una noche había este… Sé que suena tonto, pero había una pluma. Parecía ser mágica, como la de un dragón, un fénix, o algo así. Estaba ahí tendida en el piso, en medio de chicle masticado y colillas de cigarrillos. Imagínate ese momento… esta cosa hermosa rodeada de tanta fealdad… Y lo que me chocó es que lo feo no le restaba nada a lo bello.

Avery se inclina sobre la mesa y se remanga, mostrándome su tatuaje en forma de pluma. Cada línea, cada curva, es idéntica al quiebre en su rostro.

—Hermoso —digo, y espero que piense que solo me refiero al tatuaje.

—Me lo hice porque es un recuerdo de quién era yo en ese momento. Representa la esperanza. Dice que no importa qué tan malas se pongan las cosas, no puedes dejar que roben tu brillo.

—Eso es…

¿Por qué siempre me quedo sin palabras cuando las necesito? Quiero decirle que la entiendo. Que parece que ella considera que los tatuajes no son marcas permanentes en el cuerpo, sino una hoja de ruta. No solo cuentan una historia, sino su propia historia. No importa si, en veinte años, uno de los tatuajes parece frívolo, porque sigue siendo parte de su viaje.

—¿Patético?

—No. Iba a decir hermoso, pero dije eso mismo hace un rato, y no quería repetirlo.

Muestra su sonrisa peligrosa.

—Dilo de nuevo.

—Hermoso.

Me da un beso. Mojado, caótico, y el jugo picante de su taco hace que se me estremezcan los labios.

Nos separamos y sé que ahora definitivamente puede ver que me estoy sonrojando.

—Mira, no digo que todos mis tatuajes son profundos y tienen significados —dice—. Algunos son mierdas sin sentido, pero eso también está bien. No necesito tener una razón para hacérmelos, aparte de que, simplemente, los quería.

Avery le da otro mordisco al taco, y me doy cuenta de que debo comer el mío, o me vería rara. Es solo que me resulta difícil concentrarme y pensar, con tantas preguntas recorriendo mi mente, sin mencionar que de verdad quiero volver a besar a Avery.

¿Será que el quiebre con forma de pluma vino antes, después, o en el momento que Avery se hizo el tatuaje? ¿Será que tenía otra forma y Avery la reformó? Quiero poder hablar sobre lo que veo con alguien más, pero ya cometí ese error, y no sé si soy lo suficientemente fuerte para volver a probar. No quiero quiebres nuevos a causa de ello.

Pero supongo que los quiebres son como vivir. Quizás está bien si tengo algunos nuevos. No son algo de que avergonzarse; son un mapa de mi vida.

***

Seis meses después, Avery y yo nos mudamos juntas. Nuestros contratos de alquiler vencen con un mes de diferencia y sucede sin más.

Las cosas no son perfectas entre las dos, pero son buenas. Saludables. Antes de dar el paso, le cuento a Avery sobre los quiebres.

Llora, consternada porque he estado lidiando sola con lo de los quiebres por mucho tiempo. Su llanto hace que yo llore. Es un gran festín de llanto que acaba con abrazos, besos, y macarrones con queso.

El cambio más grande al vivir con Avery es que empieza a colgar espejos en nuestro apartamento. Pasé la vida entera evitando mi reflejo, pero ahora aprendí a quererlo. Mis quiebres siguen allí, pero junto a ellos hay un tatuaje nuevo. Está sobre mi muñeca derecha, diseñado como una pulsera trenzada. En un lado es sólido, pero en la parte de abajo raído, como si estuviera por romperse. Y sin embargo, una tirita solitaria lo sostiene.

En la cintura, donde mis quiebres se veían como líneas de estrés, los quiebres se han retocado para encajar con el tatuaje de mi muñeca. Quizás fue la magia de Avery, o alguna curación mía, u otra cosa… Todavía no lo he descifrado, pero me gusta. Estaré rota, pero mis quiebres son míos. No son una señal de debilidad. Son hermosos.

© Scott King

Scott King nació en Washington, DC, y se crió en Ocean City, Maryland. Recibió un título en cine de Town University, y su M.F.A en cine de American University. Durante años, King ha trabajado como profesor de la universidad, enseñando fotografía, arte digital y redacción. Ahora trabaja como autor a tiempo completo. Los libros no-ficción de King son una forma de recuperar ese sentimiento de enseñar una clase, mientras que sus libros de ficción son su forma de divertirse. Pueden leer más sobre King en www.ScottKing.info o siguiéndole en Twitter en @ScottKing o en Instagram en @KingScottKing.

Madre de gatos. Vampira de noche y zombi de día. Nació y creció en Asunción, Paraguay. Eliana escribió su primer libro ilustrado de fanfiction en 1995, llamado Frog and Toad go to the Zoo, como parte de una tarea de segundo grado. Spoiler: al final del cuento todos son comidos por un jacaré. Ha ganado más de diez premios por cuentos cortos en Paraguay, y uno por un guion corto de cine. En 2017 co-escribió el guion cinematográfico para Alas de Gloria, una película animada sobre la Guerra del Chaco que está en etapa de producción.